viernes, 2 de enero de 2009

Almada Negreiros

Esperança:
isto de sonhar bom para diante
eu fi-lo perfeitamente,
Para diante de tudo foi bom
bom de verdade
bem feito de sonho
podia segui-lo como realidade

Esperança:
isto de sonhar bom para diante
eu sei-o de cor.
Até reparo que tenho só esperança
nada mais do que esperança
pura esperança
esperança verdadeira
que engana e promete
e só promete.
Esperança:pobre mãe louca que quer pôr o filho morto de pé?

Esperança
único que eu tenho
não me deixes sem nada
promete
engana
engano que seja
engana
não me deixes sozinho
esperança.

martes, 30 de diciembre de 2008

El triunfo de lo sencillo y útil


El triunfo de lo sencillo y útil
Algunos objetos pasan de las ferias de muebles a los museos
ANATXU ZABALBEASCOA - Madrid



Mucho antes de que la crisis se destapara, las ferias de muebles hacían presagiar ya lo que se estaba incubando. ¿Cómo? Limitando sus apuestas o llevándolas al paroxismo: las dos caras del diseño actual. De un lado, los optimistas continúan esforzándose en mejorar la función con la forma, en inventar nuevos materiales y en cuajar muebles que acompañen y no molesten. La otra ambición quiere que el diseño sea arte. Se resiste a perder la tajada de los grandes márgenes de beneficio y ha hecho que el design art traslade el diseño de los grandes almacenes a las galerías de arte. Ambos extremos son sintomáticos. Pero sólo los trabajadores del milímetro se llevan premio este año.

Así, el alemán Konstantin Grcic tuvo que esperar sólo un mes para que su silla pasara del stand de Planck en la feria de Milán a las vitrinas del MoMA de Nueva York. La idea de trabajar un nuevo material plástico para una silla flexible y económica, útil en interior y exterior apunta al futuro por todos sus poros. Menos por el sensual. En ese frente gana el diseño mediterráneo.
Entre los cálidos, el decano del diseño español, Miguel Milá, recibió este año un Compasso d'oro a toda su trayectoria. Es la primera vez que un español logra un galardón así. Que Milá siga vendiendo lámparas TMM 50 años después de haberla ideado es ya un premio. Pero que ese reconocimiento, que resume lo mejor del diseño italiano desde 1954, salga de su territorio habitual para premiar a un manitas español parece darle la razón a Milá cuando afirma que el diseño sigue siempre la lógica más simple. Con todo, y entre los españoles, a Milá podría haberle salido un competidor en Mario Ruiz. Su banco Fuori (Viccarbe) ha conseguido el premio Red Dot, el de mayor peso en diseño industrial. La idea de deshacer la unidireccionalidad de un banco, dejando sus extremos sin respaldo tiene detrás al talento de este alicantino afincado en Barcelona y curtido en la parte más técnica del diseño industrial. Ruiz proviene del diseño con menos glamour. Justo el que precisa mayor finura. Firmó el taxímetro que más se vende en el mundo. Sierras eléctricas, teléfonos... no ha habido aparato que se le resistiese. Hace dos años, arrancó con sillería para oficinas una aventura que lo está llevando, poco a poco, de la calle al hogar. El momento es el suyo: tocan aires de contención. Su tumbona Flat (Gandía Blasco) también se ha hecho con el premio Wallpaper al mejor diseño del año.
Pero ni siquiera Ruiz está solo. Este ha sido un año importante para el diseño español. Por fin se reconoce una nueva generación. Nueva y directamente internacional. En ella, los valencianos Culdesac recibieron un Compasso d'oro por su reloj Neos (Lorenz) y el estudio italobarcelonés Lagranja (capitaneado por Gabriele Schiavon y Gerard Sanmartí) consiguió otro Red Dot por el aparcabicicletas Key (Santa&Cole). Se trata de un aparcamiento que no resulta duro ni visual ni físicamente, un rosco de espuma de poliuretano con alma de acero que resiste rasguños y graffitis y que puede confundirse con un juguete infantil. El donut rojo o negro sujeta la bicicleta por tres puntos y con su forma básica, pero sorprendente, es capaz de imprimir identidad a un parque público. A pesar de tan vistosa apariencia, la verdadera novedad, el gran cambio de este aparcabicicletas no está en su forma amable sino en su propuesta. Su resistencia deriva no tanto de la dureza del material como del convencimiento de que un elemento urbano simpático y útil será respetado. Y cuidado. La opción de ofrecer resistencia a las agresiones externas no con dureza sino con cercanía y flexibilidad abre un camino al diseño que merecería la pena explorar.

Fonte El Pais

EULALIO FERRER :"No es posible vivir con rencor en el corazón"


"No es posible vivir con rencor en el corazón"
JUAN G. BEDOYA 30/12/2008



Cuesta imaginar a este hombre de 88 años, que rezuma sabiduría, libros y condecoraciones, cuesta verlo como el capitán más joven en la Guerra Civil, con apenas 19 años, y escapar al exilio con lo puesto, su paso por los campos de concentración, y una vida de rico empresario y escritor de éxito en México, hasta llegar a la Academia Mexicana de la Lengua. Vuelve un par de veces al año a Santander, su ciudad natal, porque preside el Premio Menéndez Pelayo, del que es mecenas; acude al Instituto Cervantes, del que es patrón, y acaba de publicar la novela Háblame en español.

El empresario y mecenas afincado en México publica una novela a los 88 años
Como una travesura. Así cuenta Eulalio Ferrer la decisión de publicar esta su primera novela a los 88 años, después de 40 libros serios, como De la lucha de clases a la lucha de frases. El desayuno se prolonga dos horas, en un coqueto comedor, ante la mirada condescendiente de una camarera atenta a la conversación a cambio de no dar prisa. Ferrer perdió hace un año a su esposa, Rafaela Bohórquez, también exiliada. Fue un mazazo para su mala salud de hierro, poco a poco recuperada. Aún se le resiste el apetito.
Cuando Ferrer volvió a Santander desde el exilio, vivo todavía Franco, acudió de mañana al cementerio local para desparramar claveles en la campa donde los asesinos de la posguerra enterraban a sus víctimas como a animales, por miles. "¿Qué hace usted?", le increpó el vigilante. "Echo claveles sobre mi tumba". "¡Pero usted está vivo!". "Sí. Pero si no llego a irme, estaría enterrado aquí".
Le pido que rememore sus 16 años, como secretario de Propaganda de las Juventudes Socialistas. Por aquello le vigilaba la policía 35 años después. Pero los secretas iban a quedarse pasmados. Por la tarde, Ferrer fue llamado al Gobierno Civil, no para ser torturado, sino para dar conversación al gobernador, informado de la biografía del visitante, y para recibir invitaciones al mejor palco del Festival Internacional de Santander.
A Eulalio Ferrer la vida le ha dado muchas satisfacciones. No pocas las atribuye a haber perdido una guerra. México, a sus 19 años, fue una liberación para él. El primer amor con sexo; la primera empresa -una revista que hacía de cabo a rabo: textos, publicidad, reparto, cobro-; el primer automóvil, que le costó el carné del PSOE -su padre le dijo: "Tú eres un burgués. No se te ocurra volver por el partido"-; y el orgullo de sus amigos, cuando ya era patrón de grandes empresas de comunicación y podía dedicarse a mecenas, "por el placer de compartir". "A veces me preguntan cuánto he gastado en el Museo Iconográfico del Quijote, o en patrocinar premios, por ejemplo. Les digo: una casa en Nueva York, otra en París, otra en Madrid, y un yate en el puerto de Santander. No tengo eso, pero me siento bien pagado".
Pese a todo, Eulalio Ferrer es un superviviente. "El sobrevivir es el milagro de mi vida", dice. No hemos podido espantar de la mesa la tristeza. Le pesan los recuerdos: la huida con su familia hasta arribar a México, el terrible campo de Argelès-sur-Mer, y a Antonio Machado tiritando de frío junto a su madre, acurrucada sobre él. Sentados en un banco de la plaza de Banyuls, esperan a Pepe, el hermano del poeta, que les llevará al hotelito de Colliure donde morirán poco después. "Don Antonio iba sin abrigo y coloqué sobre sus hombros el mío, pese a necesitarlo tanto. Fue muy triste... Pero sé que no se puede vivir con rencor en el corazón", dice en voz baja.
Fonte El Pais

lunes, 29 de diciembre de 2008

Inaugurada en Portugal la mayor planta de energía fotovoltaica del mundo


PROYECTO DE ACCIONA
Inaugurada en Portugal la mayor planta de energía fotovoltaica del mundo

GUSTAVO CATALÁN DEUS
MADRID.- La empresa española Acciona ha conectado a la red la mayor planta de energía solar fotovoltaica en el mundo, en la localidad portuguesa de Amareleja (Moura). La planta tiene una potencia de 46 Megawatios (Mw) y producirá 93 millones de kilovatios/hora -electricidad que corresponde al consumo de más de 30.000 hogares portugueses- y evitará la emisión de 89.383 toneladas anuales de CO2 en centrales de carbón.
La inversión realizada se eleva 261 millones de euros y las obras se han realizado en un tiempo récord de 13 meses, hasta el pasado día 23, cuando fue definitivamente incorporada a la red eléctrica del país vecino, según fuentes de la compañía, que destaca mundialmente como una de las más pujantes en energías renovables y desalación.
La central solar ocupa una superficie de 250 hectáreas en la circunscripción de Amareleja, perteneciente al concejo de Moura (región del Alentejo), muy cerca de la frontera con España.
Consta de 2.520 seguidores solares de tecnología Acciona 140 m2 de superficie (13 metros de largo por 10,8 metros de alto). Cada uno de ellos alberga 104 módulos de silicio policristalino, de 170 y 180 Mw de potencia, con 262.080 módulos fotovoltaicos en el conjunto de la central solar. Los seguidores desarrollan un movimiento acimutal de 240º de giro siguiendo la parábola del Sol, con una inclinación fija de 45º.
«Acciona está volcada en grandes inversiones en energías renovables, porque las expectativas son buenas», ha señalado a elmundo.es un portavoz de Acciona Energía, filial de Aciona, compañía presidida por José Manuel Entrecanales. Acciona tiene el 25% de Endesa, que posee varias centrales nucleares y gestiona los cuatro reactores de Cataluña.
La central de Amareleja contribuirá al cumplimiento de los objetivos marcados en el Programa E4 de Eficiencia Energética y Energías Renovables aprobado por el Gobierno de Portugal y de los compromisos adquiridos por este país en lo que se refiere a reducción de emisión de gases de efecto invernadero. En el ámbito fotovoltaico ese objetivo es instalar 150 Mw, por lo que la central de Acciona aportará ella sóla un 30% del total.
En España está en marcha un proyecto de energía solar fotovoltaica aún mayor en Puertollano, que desarrolla la empresa Renovalia. Cuando entre en funcionamiento, la planta manchega producirá 47,6 Mw. En la localidad de Olmedilla de Alarcón también existe una instalación de 60Mw, dividida en 500 pequeñas instalaciones propiedad de numerosos pequeños accionistas.

Fonte El Mundo.es

domingo, 28 de diciembre de 2008

Memorias del Made in Italy






Una exposición recorre un siglo de arte y diseño de la mano de 50 marcas míticas
MIGUEL MORA - Roma -



La historia de las grandes marcas italianas entra por los ojos; se renueva sin cesar, se reinventa con un gesto. Vean si no el feliz y brusco nacimiento de la empresa de sombreros Borsalino: un hombre pegó a otro un estacazo en la cabeza, y el hueco quedó tan bien que marcó tendencia.


Todo empezó a mediados del XIX. Los príncipes andaban moribundos o en fuga; los Papas habían colmado su capacidad de acaparar la desmesura, los nobles se entregaban al moderno mal del despilfarro y el mecenazgo en Italia ya no era lo que había sido.
Entonces llegó, manu militari, la unificación (1861), y con ella la burocracia y el fascismo, Cinecittà y los 50 distritos industriales, los barrios burgueses y la publicidad, el cinquecento y el poderoso influjo del amigo americano. Los empresarios no perdieron el tiempo. Mientras unos exportaban la mafia, otros, más pacíficos pero no menos ambiciosos, tiraron de tradición y furbizia (agudeza), y aplicaron su genética para la invención y la creatividad a la venta (sin palabras o con muchas palabras) y el envoltorio fino.
Sociedades como Perugina, Lavazza, Peroni, Barilla, Alfa Romeo y tantas otras comenzaron a elevarse sobre el resto recurriendo a los artistas para pensar, elaborar y vender sus productos. Se convirtieron en los nuevos mecenas: encargaron carteles y dibujos, objetos y prototipos, logos y anuncios. Crearon envases nunca vistos, macarrones de formas novedosas, diseñaron bicicletas con motor, zapatos y vestidos que parecían, y a veces eran, obras de arte.
Una vez renovada la receta romana (lujo + inteligencia = buena vida), nació la marca de país más rentable jamás creada. Se llamaba Made in Italy.
Éste es, a grandes rasgos, el fascinante relato cultural, social y económico que narra la exposición Logos de Italia, recién abierta en el museo nacional Castel Sant'Angelo de Roma y que puede visitarse hasta el 25 de enero.
Subtitulada Historias del arte 'di eccellere' (de brillar, y también de ser excelentes), la muestra arranca con las dos empresas pioneras -ambas se daban a la bebida, la licorera calabresa Amarelli (1731) y la cervecera Peroni, fundada en 1846-; pasa por la industria alimentaria de principios del siglo XX (chocolate Perugina, ollas Lagostina, pastas Barilla...), se detiene a mitad de siglo en los muebles de Zanotta o las lámparas de Guzzini, abraza la dolce vita de los modistos, las terrazas Martini y las divas calzadas con joyas, y acaba en las futuristas construcciones del pujante presente exportador.
La muestra se divide en tres secciones: la memoria, la identidad y el futuro. Historias de marcas, Historias de nombres y Lugares de amor. El corazón es Historias de marcas, que a su vez se divide en cuatro espacios: comunicación, arte, diseño e innovación. En la primera se aprecia la riqueza de soportes y recursos empleados para seducir al cliente. Entre los éxitos, el agua efervescente natural Ferrarelle ("¿lisa, con gas o Ferrarelle?") el boom de la vespa en los años cincuenta y sesenta y las fotografías de Oliviero Toscani para Benetton.
El paseo por las mazmorras y salones del antiguo castillo papal desborda talento y pasión emprendedora, solidez y finezza. El lema parece ser "esto consiste en vender, pero sin que se note (estúpidos)".
Quizá de ahí, la gran variedad de formatos: de los dibujos de Emma Bonazzi (en arte Tigiù) y los carteles post románticos de Depero y Séneca, a los cartones animados de Armando Testa para los cafés Lavazza y Paulista, y, cuando toca, los documentales con cineastas y actores famosos. Tres ejemplos: Bertolucci y su filme para la petrolera Eni (La vía del petróleo, 1967); Antonioni con la espléndida Mónica Vitti vendiendo glamour, y la ironía sin prejuicios de Mina, madre soltera, cantando para Barilla, durante el Concilio Vaticano II: "Cocina para tu hombre".
La parte dedicada al arte permite entender otro secreto a voces del buen patrón italiano: el talento cuesta dinero, pero se paga. Y es igual si viene dentro o de fuera: Palladino, Guttuso, Dalí (que colaboró con Alessi haciendo una escultura titulada Objeto inútil), e incluso Andy Warhol, autor de los carteles de la campaña de Martini en EE UU.
En la sala Historias de nombres se cuenta la participación de personajes y familias que marcaron el camino del mecenazgo industrial. Se trataba de ser distintos y parecerlo. De ser, si no mejores, más refinados. Populares y simpáticos, eso nunca estorba. Pero jamás vulgares.
Son más de 50 empresas, presentes con 250 piezas y objetos que han recorrido el mundo. Ahí están los revolucionarios biberones y chupetes de Chicco, el logo y la madera de Alfa Romeo, el caballito rampante de Ferrari, las botellas retornables de Peroni, los zapatos-escultura de Prada, los sillones y sofás de Giovanetti donde tanto descansó Fellini, los cubos de basura alto diseño de Kartell o la futurista arquitectura de Fuksas para albergar sedes de automóviles o bodegas.
La lección del fiel vendedor acaba en los lugares de las empresas con arte: los territorios que han alimentado la creatividad y que serán la excelencia del futuro. Elegancia, estética y buena vida siguen siendo sinónimos de Italia. Viendo esta exposición, sólo queda asumirlo: unos lloran la crisis, los italianos la cabalgan con estilo y un punto de nostalgia.Son 250 piezas que han recorrido el mundo, desde biberones a zapatos

Think of me

http://www.youtube.com/watch?v=XjM1Lrsb7I8

La Aventura Colonial


La aventura colonial

MARIO VARGAS LLOSA



Durante muchos siglos, la empresa colonial fue transparente: un país, aprovechándose de su fuerza, invadía a otro más débil, se apoderaba de él y lo saqueaba. Nadie ponía en cuestión semejante estado de cosas porque se trataba de algo que se venía practicando desde la noche de los tiempos y todos, colonizadores y colonizados, aceptaban o se resignaban a esta cruda realidad como a una fatalidad inevitable, consustancial a la historia.
Leopoldo II convirtió Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro
Hace un año que leo testimonios y no me cabe en la cabeza una monstruosidad tan atroz
El descubrimiento y conquista de América por los europeos introduce una importante variante. Por primera vez y por razones religiosas el colonizador se interroga a sí mismo sobre la justicia de la empresa colonizadora y, en acalorados debates de juristas y teólogos, se arma de razones, humanas y divinas, para justificar sus conquistas. Desde entonces, sin dejar de ser lo que fue siempre, es decir, un acto de fuerza y de rapiña, la colonización se atribuye a sí misma una misión evangelizadora y civilizadora: desanimalizar a quienes viven en estado feral y humanizarlos gracias al cristianismo y a la cultura occidental que aquél inspira. Para que este objetivo tenga algún viso de realidad es imprescindible establecer como un hecho indiscutible, científico, que el colonizado carece de los conocimientos y luces indispensables para juzgar por sí mismo lo que más le conviene, pues se trata de un ser desvalido y primario cuyos intereses y conveniencias son mejor percibidos por la potencia que a partir de ahora ejercerá sobre él la tutela colonial, una forma de autoridad benévola.
Sin embargo, en el siglo XIX, las empresas coloniales europeas en el África y el Asia olvidan casi este prurito de justificación religiosa y moral e invaden y ocupan territorios, que empiezan a explotar de inmediato, sin otra explicación que la necesidad de proveerse de materias primas, ampliar sus mercados o contrarrestar el crecimiento y poderío de los imperios rivales. Cuando Hitler, en Mi lucha, explica que en el programa del Partido Nacional Socialista figura en lugar prominente la adquisición, por las buenas o las malas, de colonias para instalar los excedentes demográficos del pueblo alemán, no hace más que poner sobre papel lo que casi todas las grandes potencias europeas habían venido haciendo, cierto que sin decirlo con tanta claridad, desde el siglo XV.
La excepción era la pequeña Bélgica, país más bien reciente y, ay, sin colonias. Esta condición entristecía y desmoralizaba a su soberano, Leopoldo II, cuya energía, ambiciones y sobresaliente inteligencia desbordaban por los cuatro costados las fronteras del diminuto reino que le había asignado la Providencia. Entonces, él, sin amilanarse, se dio maña para conseguir mediante la astucia, la paciencia, la intriga y la diplomacia lo que los grandes países colonizadores habían logrado a través de los ejércitos y la matanza. Por increíble que parezca, Leopoldo II convirtió a Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro.
Para ello, primero, en un trabajo diligente y genial que le tomó muchos años, se fraguó una imagen de monarca humanitario, altruista, condolido por la suerte de los salvajes y paganos de este mundo, que sedujo a la opinión pública de Europa y de los Estados Unidos. Invirtiendo en ello el dinero de su reino y el suyo propio, fundó asociaciones benéficas y centros para combatir la esclavitud que hacía estragos en el África Occidental, costeó el viaje de misioneros a esas regiones bárbaras, impulsó investigaciones, estudios y publicaciones sobre las condiciones de vida de las tribus africanas que todavía practicaban el canibalismo y eran diezmadas por los traficantes árabes que, partiendo de la isla de Zanzíbar, practicaban la trata, y peroró sin tregua, en orquestadas manifestaciones públicas, exigiendo a las grandes potencias que intervinieran para poner fin a aquella lacra indigna que era el comercio de carne humana en los mares del mundo.
La campaña dio el resultado que esperaba. En febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II, a través de la Asociación que él había creado para ello, todo el Congo, un inmenso territorio de más de un millón de millas cuadradas, es decir unas 80 veces el tamaño de Bélgica, para que "abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y cristianizara a los salvajes". No había un solo africano presente en aquel Congreso y no hay un solo indicio de que alguien en Europa o Estados Unidos -político, periodista o intelectual- se preguntara siquiera si era aceptable que la suerte de ese inmenso país fuera decidida de este modo, por 14 naciones advenedizas, sin que un solo congolés hubiera sido siquiera consultado al respecto.
Seguro de lo que iba a ocurrir en el Congreso de Berlín, Leopoldo II ya se había adelantado, desde un año antes, a operar en el territorio que de la noche a la mañana lo convirtió en el amo de un formidable imperio. Para ello había contratado al célebre explorador galés-norteamericano Henry Morton Stanley, el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo, desde sus nacientes, en el África Oriental, hasta su desembocadura en el Atlántico. En una expedición que es una mezcla de grotesca pantomima cínica y proeza etnológica y geográfica, entre 1884 y 1885, los expedicionarios enviados por Leopoldo II recorrieron buena parte del Alto y Medio Congo repartiendo cuentecillas de vidrios de colores y retazos de tela en 450 aldeas y villorrios africanos y haciendo "firmar" contratos -los llamaban "tratados"- en los que los caciques y jefes indígenas, que no tenían idea de lo que firmaban, cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo, se comprometían a dar hombres para que trabajaran en las obras públicas que aquella institución emprendiera -caminos, depósitos, puentes, embarcaderos-, cargadores para transportar los bultos y materiales, a proveerla de brazos para la recolección del caucho y a alimentar a los peones, funcionarios y soldados y policías que vinieran a instalarse en sus dominios. De manera que cuando las grandes potencias le entregaron el Congo, Leopoldo II ya tenía en sus manos 450 "tratados" en los que los congoleses legitimaban mediante sus firmas aquella donación y le entregaban sus vidas y haciendas.
A diferencia de otras colonizaciones, en que los invadidos resistieron de alguna forma al colonizador y le infligieron algunos daños, en el Congo prácticamente no hubo resistencia. Los congoleses no tuvieron tiempo ni posibilidades de resistir a un sistema que cayó sobre ellos -una miríada de culturas y pueblos desconectados entre sí- como una malla inflexible en la que perdieron, desde el principio, toda libertad de iniciativa y movimiento, y en el que fueron sometidos a una explotación inicua, las 24 horas del día, hasta su extinción. Los castigos, para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido de látex, eran brutales. Iban desde los chicotazos hasta las mutilaciones de manos y pies -a las mujeres y a los niños primero, y luego a los propios trabajadores- hasta el exterminio de aldeas enteras, cuando se producían fugas masivas o aquellas comunidades no cumplían con la obligación de alimentar a sus verdugos como éstos esperaban. Hace un año que leo testimonios diversos -de misioneros, viajeros, aventureros o de los propios colonos- sobre estos años del Congo y todavía no me cabe en la cabeza que fuera posible una monstruosidad tan atroz, un genocidio en cámara lenta semejante, sin que el mundo llamado civilizado se diera por enterado. Cuando aparecen las primeras denuncias en Europa, por boca de pastores bautistas norteamericanos, hay una incredulidad general. Y los plumíferos alquilados por Leopoldo II actúan de inmediato en la prensa hundiendo en la ignominia a aquellos denunciantes y llevándolos ante los tribunales por calumnias.
Durante un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la historia, un horror sólo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que pesa sobre los nazis ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al que muchos europeos, no sólo belgas, todavía recuerdan con nostalgia, como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país imperial. La verdad es que detrás de la behetría y las violencias en que se debate todavía ese desdichado país se delinea la mortífera sombra de ese emperador que conquistó el Congo sin disparar un solo tiro y consiguió en menos de 20 años aniquilar a por lo menos 10 millones de sus súbditos africanos.
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© Mario Vargas Llosa, 2008.