sábado, 13 de febrero de 2010

Japonerias de estio o....

Enrique Gomez Carillo, primeiro muso deste blog.

El síndrome Pessoa

ENRIQUE VILA-MATAS RELECTURAS

La playa inglesa
Del mismo modo que presintió el cine, Robert Louis Stevenson previó en Bournemouth -el lugar en el que escribió El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde- el síndrome moderno, el síndrome Pessoa, que ha convertido a tantos individuos -paradójicamente a los más singulares- en puntos de encuentro de diversas personalidades
ENRIQUE VILA-MATAS 13/02/2010


Salgo al balcón de mi cuarto de hotel en Bournemouth, al sur de Inglaterra. Desde aquí puedo ver el lugar donde un día se levantara la casa de las dos chimeneas de Skerryvore en la que R. L. Stevenson, en estado febril, escribió en 1885 El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Sesenta años después de la publicación del libro, volvería literalmente el Mal a aquel lugar cuando una bomba del ejército nazi arrasó por completo Skerryvore. Fue la extraña forma que eligió míster Hyde para regresar a la casa de las dos chimeneas.


Los libros tienen su propio destino y acaban queriendo ser visitados por las criaturas reales que inventan
Se ha hecho ya de noche y no puedo quitarme de la cabeza que hace un rato, en este mismo balcón, cuando atardecía, he visto que la mano de mi vecino era delgada, fibrosa y rugosa, de una palidez verdosa, peluda. Por decirlo de una forma más alarmante, era una mano parecida a la de Hyde.

Sospecho que esa mano rugosa, vista en la luz del crepúsculo, es de las que no se olvidan. Y recuerdo que, a causa de ella, a punto he estado de establecer con el vecino un diálogo al estilo de Borges y yo, ese relato tan representativo de la herencia de la casa de Skerryvore. Hace sólo unos minutos, estaba pensando en el vuelco fantástico que le da Borges a esa singular autobiografía de artista cuando me ha extasiado la infinita sucesión de farolas iluminadas del Bournemouth nocturno. Y, en plena ensoñación, he recordado aquel momento de la novela de Stevenson en el que Utterson comienza a darle vueltas a la historia que le ha explicado Enfield y se acuerda de que éste le ha contado que, un día, volviendo a casa desde un lugar casi en el fin del mundo, hacia las tres de una madrugada de invierno, cruzó en diagonal una desierta plaza de Londres, donde literalmente no se veían más que farolas, lo que le aterró, aunque no por eso dejó de seguir caminando y cruzando nuevas plazas solitarias mientras todo el mundo dormía.

Olas encrespadas en la playa. El mar me ayuda a pensar en aquella secuencia de la novela de Stevenson en la que empieza a crecer, a resonar, a ampliarse en la mente de Utterson la historia que le ha contado Mr. Enfield y ésta se va desarrollando y amplificando en su cabeza como una sucesión infinita de pasos, y Utterson ve entonces -Stevenson crea imágenes que parecen presentir la invención del cinematógrafo- la figura de un hombre andando deprisa, y poco después, la de una niña que sale corriendo de casa del doctor, y a continuación, el encuentro de las dos figuras, y aquel juggernaut humano -así describe Stevenson la conducta que se ha posesionado de Mr. Hyde-, aquella fuerza del mal irrefrenable que en su avance aplasta o destruye todo lo que se interfiere en su camino, atropellando a la criatura y siguiendo su trayecto sin hacer caso de los gritos que rompen el silencio de la ciudad dormida.

Busco una forma de ver El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde desde un ángulo ligeramente distinto al de anteriores lecturas y veo la escena del célebre cambio de rostro del doctor como un símil del recurrente (recurrente, sobre todo para la Guadaña, que monologa desde siempre con el tema) salto de la vida a la tumba. En realidad, Hyde es la Muerte. Y quiero imaginar que Nabokov se refirió también a ese salto, al traspaso eterno, cuando les pidió a sus alumnos de Cornell que no perdieran de vista los últimos momentos de la vida de R. L. Stevenson, su final trágico en Samoa.

"Los libros tienen su propio destino", les dijo Nabokov. Y es cierto, los libros han tenido siempre su propia suerte, y a veces ésta consiste en llevar a la vida real lo que antes narró el autor. Pudo ser perfectamente el caso de R. L. Stevenson y su Dr. Jekyll. La escena tuvo lugar en Upolu, Samoa, 1894. El escritor, al que los nativos llamaban Tusitala, bajó a la bodega de su casa a buscar una botella de su borgoña favorito, la descorchó en la cocina, y de repente llamó a gritos a su mujer. "¿Qué me pasa, qué es esto tan extraño, algo me ha cambiado la cara?". Un ataque cerebral. Cayó al suelo. "Riverrun", dijo Tusitala. Y murió dos horas después.

"¡Cómo me ha cambiado la cara! Hay una extraña relación temática entre este último episodio de la vida de Stevenson y las fatales transformaciones de su maravilloso libro", comentó Nabokov a sus alumnos de Cornell. El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde se adentra en la más fatal de las transformaciones, la que convierte a un ser vivo en un muerto. El siempre enigmático experimento o tránsito está contado con especial meticulosidad por el propio Jekyll, que en la novela lo deja casi como legado para la humanidad: "Pero la tentación de llevar a cabo un experimento tan singular venció, al fin, todos mis temores". Una frase que parece reaparecer al final del más escueto, elegante y célebre desenlace de los cuentos de Borges: "La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos".

La curiosidad lo mueve todo, hasta la lista o relación exhaustiva de lo que jamás se mueve, aunque de esta lista suele decirse que la escribió un muerto. ¿Por qué volvió míster Hyde a Bournemouth? Los libros tienen su propio destino y acaban queriendo ser visitados por las criaturas reales que inventan. Éste sería el caso de Hyde y de esa bomba hitleriana que arrasó el lugar donde fue engendrado. La curiosidad lo mueve todo, muy especialmente si el deseo de vivir es intenso. Porque entonces nunca llegamos a pensar que ya sabemos lo suficiente acerca del mundo y porque entonces cada respuesta nos lleva a otra pregunta. Por eso se suele decir que la curiosidad es lo que nos mantiene vivos. Y muertos. Porque uno de los aspectos notables del libro de Stevenson es que no resuelve la contradicción. Habla tanto de la muerte como de la vida, y también de la muerte en vida. Y habla para ver por qué (que diría José-Miguel Ullán). Inventa un procedimiento, un tipo de ficción, que le permite mantener la tensión. La forma es siempre forma de una relación y Stevenson, que abrió caminos a los mundos de Pessoa y de Borges, profundiza en un tipo de escritura, un estilo y una construcción, que le permite mantener unidos los polos más extremos con sus redes antagónicas y opuestas.

"Otros vendrán después, otros que me sobrepasarán en conocimientos, y me atrevo a predecir que al fin el hombre será tenido y reconocido como una reunión de personalidades diversas, discrepantes e independientes", se lee hacia el final de la novela. Del mismo modo que presintió el cine, Stevenson previó aquí en Bournemouth el síndrome moderno, el síndrome Pessoa, que ha convertido a tantos individuos -paradójicamente a los más singulares- en puntos de encuentro de diversas personalidades. Yo mismo, sin ir más lejos, vivo fraccionado en varios personajes discrepantes e independientes. De ahí, ciertos sobresaltos con manos verdosas. Y de ahí también cierta inquietud, porque, por muy calmo que esté ahora todo, la noche parece doble. Aunque siempre tranquiliza ver que sigue ahí metafísica, perfectamente iluminada y única, la playa inglesa.

El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Robert Louis Stevenson. Traducción de Juan Antonio Molina Foix. Valdemar. Madrid, 2006. 240 páginas. 13 euros. www.enriquevilamatas.com
Fuente El Pais

Um grande momento de Mario Soares. Um grande momento de um grande EUROPEU

Los héroes de Europa

XAVIER VIDAL-FOLCH 13/02/2010

Ensayo. Todo gran empeño colectivo segrega sus propios héroes. La Europa del siglo XX, también. La explica eficazmente Forjadores de Europa, de Julio Crespo. El libro encadena una treintena de ensayos biográficos de los líderes y los visionarios que la han fabricado. Desde una perspectiva europeísta, transversal a todos los retratos: la Unión Europea es el gran invento de un continente rasgado. Producto de la única buena de las tres ideas que genera en el siglo, el europeísmo (frente al nazismo y al comunismo), capaz de impulsar "de modo incruento el resurgimiento de Europa, desde 1950 hasta nuestros días". Y que constituye el mejor "antídoto contra el nacionalismo".

Forjadores de Europa, grandes europeístas y euroescépticos del siglo XX Julio Crespo MacLennan

Los protagonistas son de carne y hueso, con "altibajos extraordinarios", que resucitan desde sus cenizas o se apagan en el mismo instante de su éxtasis. Actúan sobre la urdimbre de las sucesivas coyunturas, sobre todo dos: la posguerra y la fundación de la Europa comunitaria; y la expansión de los ochenta/noventa con la caída del muro de Berlín y del imperio soviético en el epicentro.

Éste es un texto divulgativo a la francesa, lo que se agradece en un país donde, entre el ensayo erudito y el reporterismo, pulula la nada. Su autor maneja con soltura la bibliografía y la ideología de los retratados. Hasta las anécdotas más añejas, como aquella en que uno de los padres fundadores, Robert Schuman, reconoce a los periodistas que, efectivamente, el plan Monnet "es un salto hacia lo desconocido". Y traza así un ágil libro de historia del continente. Con momentos bien documentados, la reunificación alemana (y cómo se oponían Margaret Thatcher y François Mitterrand, pese a la propaganda que lo ha intentado ocultar, mientras Mijaíl Gorbachov la veía inevitable y trataba de modularla) y el inicio de la ampliación al este. Otros, como la trascendencia de la integración del sur, Grecia, España y Portugal, se tratan, sorpresa, de forma precaria. Y alguno, como la irrupción de Escandinavia, ni aparece, no será por falta de protagonistas de la talla de Olof Palme.

El autor incluye entre los forjadores dos categorías clásicas. La de los intelectuales/expertos fundadores como Jean Monnet, pero también Altiero Spinelli, con Madariaga y Coudenhove-Kalergi de precursores. Y la de los estadistas: Churchill como impulsor, Adenauer como padre y De Gaulle como la "conciencia crítica y propulsor de ideas alternativas", flanqueados por la segunda generación de los ochenta, los Mitterrand, Kohl, Delors, González, más tarde Havel... Pero añade a la nómina otras dos categorías. Personajes clave aunque periféricos, de Ataturk a Gorbachov. Y herejes euroescépticos como Thatcher. Opción discutible, pero confesada desde el subtítulo: Grandes europeístas y euroescépticos del siglo XX. A veces agrupa vidas paralelas pero divergentes (Walesa y Havel, con acierto; lo que no logra equiparando al viejo Karamanlis con González y Soares) o movimientos cuyo protagonismo se reparte entre varios actores, como en el necesario repaso a los norteamericanos más implicados con Europa, desde Marshall hasta Kennedy y Reagan.

Entre los defectos, molesta el primario manejo del sustrato económico. Así, a mediados de los ochenta Delors no encontró una coyuntura ascendente, sino el europesimismo económico tributario de las dos crisis petroleras. A veces, aflora demasiado la ideología del autor, cultivado en el CEU y colaborador de Abc. Fascinado por los neoliberales, obvia los efectos perversos de la desregulación y olvida que el balance de Reagan fue un déficit de caballo, sin distinguir entre la doctrina y su aplicación real. La izquierda socialdemócrata se exhibe casi siempre como "excesivamente intervencionista"; a la otra la despacha como "la horda revolucionaria proveniente de Rusia" y hasta el PCI era un peligro que podía hacer "saltar por los aires" la democracia italiana. Su querencia por la contribución de "la cristiandad" a la identidad europea ("como siempre, las palabras del Papa

fueron muy juiciosas") desemboca en el ninguneo de otras aportaciones. Que llega al desprecio con el islam, contemplado como algo unívoco. Por eso alaba en Ataturk la apuesta por "reducir la influencia del islamismo al mínimo", pues, arguye, "sus costumbres no son compatibles con las de una sociedad occidental avanzada".

Esos sesgos aislados mellan, pero no arruinan la calidad del libro. El autor cumple bastante bien su promesa de evitar tanto la hagiografía como la antibiografía. Pero se le escapan las manías personales. Así, Thatcher logró en las Malvinas "salvar el honor de su país" (sic). Y Mitterrand era desde Vichy poco más que un oportunista, de quien no se establece su verdadera relevancia: haber reconciliado a Francia, y sobre todo a la izquierda francesa, con la economía de mercado y con Europa.
Fuente El Pais

Homenagem a Mara e a Marcela

Segunda-feira começo a dieta e também a malhaçao. O que me ajudou a decidir foi este filme aqui