sábado, 16 de marzo de 2013
Donde la gran Filosofia
1 La misión de la filosofía desde sus orígenes ha
sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de
conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de
individuo.
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
Fonte El Pais
Leia mais, aqui
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
Fonte El Pais
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Ana Karenina
Si la cosa sigue sin quedar clara, lo intentamos de nuevo. Lo normal
es utilizar la gramática hiperreal del cine para transformar la letra
impresa de una novela, cualquiera de ellas, en simple vida. Ése y no
otro era el sueño de Griffith, el padre de todo esto. El cine irrumpe
así en nuestra modernidad para acabar con el trampantojo del teatro,
con la inexorable persistencia del telón que separa la representación
del espectador, el objeto del sujeto. De repente, la aspiración desde el
siglo XIII del arte de convertirse en el espejo de lo real adquiere,
gracias al invento de los Lumière, la consistencia de, precisamente, lo
real. La pantalla como el espejo de la realidad, de la vida.
Si se mira de cerca, el razonamiento no es más que un refinado embuste, pero embuste al fin y al cabo. Cualquier ejercicio de representación (pictórica, teatral o cinematográfica) es necesariamente una interpretación; es, para entendernos, mentira. Y cuidado que no vaya a ser que la propia realidad, o lo que entendemos por ella, sea simplemente el resultado de una interpretación, de una mirada. Todo es mentira, sería la conclusión. Si sienten que se están mareando, no me culpen. Es el mundo que da vueltas.
Pues bien, si el cine siempre ha jugado, como antes la novela (la gran novela de Tolstói), a recrear de la forma más fiable posible la propia vida, en colocar con mimo huevos en la cesta; el juego de Joe Wright consiste en todo lo contrario: en meter cestas en huevos, en transformar la pasión de Anna Karenina en puro teatro. Y hacerlo adrede para que se vea bien el engaño, para que se aprecie la capacidad narrativa del cine. La belleza del huevo. Es decir, se trata de desvelar la mentira intrínseca de toda representación, de cualquier forma de arte, del cine entero. Sencillamente brillante. Esto mismo, ya lo han hecho otros directores (sólo los grandes, eso sí) pero pocas veces de forma tan elegante. Algunos dirán cursi, y se acepta la sugerencia.
Pero si ya es seductora la tesis, el modo de explicarla lo es aún más. El director de 'Orgullo y prejuicio' y 'Expiación' consigue un depurado ejercicio de virtuosismo expositivo siempre empeñado en encontrar el límite exacto de cada secuencia, de cada plano. Y ahí está el bello y difícil rostro de Keira Knightley (siempre ella) para demostrarlo.
La cámara alarga cada gesto, cada movimiento, hasta transformarlo en el ritual exagerado de la emoción. Toda la pantalla se convierte así en el escenario teatral no sólo de una pasión amorosa sino del destino de un siglo entero que se desvanece. Ya saben, empiezan a verse las ruinas de la Rusia de los zares, de la Europa absolutista. Tan enorme como suena.
El melodrama adquiere de este modo el gesto impostado y teatral del musical (aunque sin serlo) para entregarse a un rito desmedido, desorbitado y pleno. Si creen que exagero, tienen razón. De hecho, toda la película no es más que simple exageración. Como la ópera, para que se hagan una idea. La idea, en definitiva, no es otra que dejar constancia de la mentira de todo. Pocos trabajos tan delicados. Nada más delicado que manipular huevos. Y cestas. Y cestas en huevos. O al revés. Pues eso.
Fonte Elmundo.es
Si se mira de cerca, el razonamiento no es más que un refinado embuste, pero embuste al fin y al cabo. Cualquier ejercicio de representación (pictórica, teatral o cinematográfica) es necesariamente una interpretación; es, para entendernos, mentira. Y cuidado que no vaya a ser que la propia realidad, o lo que entendemos por ella, sea simplemente el resultado de una interpretación, de una mirada. Todo es mentira, sería la conclusión. Si sienten que se están mareando, no me culpen. Es el mundo que da vueltas.
Pues bien, si el cine siempre ha jugado, como antes la novela (la gran novela de Tolstói), a recrear de la forma más fiable posible la propia vida, en colocar con mimo huevos en la cesta; el juego de Joe Wright consiste en todo lo contrario: en meter cestas en huevos, en transformar la pasión de Anna Karenina en puro teatro. Y hacerlo adrede para que se vea bien el engaño, para que se aprecie la capacidad narrativa del cine. La belleza del huevo. Es decir, se trata de desvelar la mentira intrínseca de toda representación, de cualquier forma de arte, del cine entero. Sencillamente brillante. Esto mismo, ya lo han hecho otros directores (sólo los grandes, eso sí) pero pocas veces de forma tan elegante. Algunos dirán cursi, y se acepta la sugerencia.
Pero si ya es seductora la tesis, el modo de explicarla lo es aún más. El director de 'Orgullo y prejuicio' y 'Expiación' consigue un depurado ejercicio de virtuosismo expositivo siempre empeñado en encontrar el límite exacto de cada secuencia, de cada plano. Y ahí está el bello y difícil rostro de Keira Knightley (siempre ella) para demostrarlo.
La cámara alarga cada gesto, cada movimiento, hasta transformarlo en el ritual exagerado de la emoción. Toda la pantalla se convierte así en el escenario teatral no sólo de una pasión amorosa sino del destino de un siglo entero que se desvanece. Ya saben, empiezan a verse las ruinas de la Rusia de los zares, de la Europa absolutista. Tan enorme como suena.
El melodrama adquiere de este modo el gesto impostado y teatral del musical (aunque sin serlo) para entregarse a un rito desmedido, desorbitado y pleno. Si creen que exagero, tienen razón. De hecho, toda la película no es más que simple exageración. Como la ópera, para que se hagan una idea. La idea, en definitiva, no es otra que dejar constancia de la mentira de todo. Pocos trabajos tan delicados. Nada más delicado que manipular huevos. Y cestas. Y cestas en huevos. O al revés. Pues eso.
Fonte Elmundo.es
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