sábado, 22 de junio de 2013
Nilo Coelho, Uma amizade especial
JC 21/6/2013
Uma amizade especial.
Fernando Dourado
Não
sei o que é mais difícil: admitir a passagem voraz de trinta anos ou
aceitar que, em 1983, perdi um mentor para a vida? Na dúvida, fico com
ambas. Assim, antes que contemporâneos ilustres evoquem a memória do
ex-governador Nilo Coelho - falecido em novembro daquele ano amargo -,
gostaria de lembrar algumas passagens breves. E se algum mérito resistir
ao relato saudoso, ele decorrerá da figura solar que foi o senador.
Tanto como homem público quanto nos espaços menos visíveis do cotidiano.
Para
todos os efeitos, vale dizer que, até conhecê-lo, não tinha motivos
para lhe ter simpatias. Aliado dos que fizeram 64, o detalhe me
incomodava justamente por pertencer, desde criança, ao outro lado, numa
época que só admitia dois. Essa dicotomia se calcificou quando meu tio
Luiz Souto Dourado foi eleito prefeito de Garanhuns - bem entendido,
pelo MDB. Refém da memória, não me empolgaria até apertar-lhe a mão em
sua casa. De cara, já me pediu para ajudar a remover uma cadeira que
levava chuva. Era, a seu modo peculiar, a senha de boas vindas.
Pouco
tempo depois fui morar em Brasília. Para meu pai, era uma forma de me
aproximar do Itamaraty. Para mim, de ficar perto de São Paulo que então
já me magnetizava. Fato é que por essa época Dr. Nilo era senador e eu,
por vias travessas, virara um sobrinho enviesado. Vez por outra a dona
da casa onde eu morava deixava um bilhete: ligaram do gabinete. E logo
vinha uma convocação para um bate-papo, um jantar ou qualquer forma que
lhe ocorresse de me prestigiar e motivar.
Mal
adaptado à capital feia e sem alma, entediado com a UnB, enfastiado das
aulas do Conselheiro Nuno para o Rio Branco, lembro que escapava delas
para ir às galerias assistir aos embates entre Passarinho e Brossard.
Vendo-me de soslaio enquanto presidia as sessões, Dr. Nilo me alertava
nos corredores: "Vale mais estudar do que perder tempo com esses
desocupados", dizia dos colegas. E logo emendava com um comentário entre
provocador e sério: "Ou então ir para São Paulo de uma vez", cidade que
admirava e onde recém comprara um apartamento.
Na
verdade, era bem própria dele essa linha de derrubar as barreiras que
inibem os menos atrevidos. Foi assim com Geddel Vieira Lima, Gastão
Bandeira de Melo e Heráclito Fortes. Outros tantos se sentiam promovidos
ao ser inquiridos num tom camarada e igualitário sobre seu universo de
interesses, apesar de jovens e anônimos. E, assim, se criava um ciclo
virtuoso em que era proibida a exclusão. Dessa época herdei dele um
irmão postiço: o gaúcho Barbosinha que, à semelhança do mentor, era
assertivo, elegante e multigeracional.
Quando
Dr. Nilo ficou doente, eu estava em Caracas numa comitiva de
exportadores. Tão logo soube, voltei de imediato para casa. Sob o olhar
vigilante de Dr. Pileggi, um linha-dura do Incor que proibia conversas
verbosas, falamos sobre a Venezuela. Depois, veio a cirurgia.
Incrédulos, vimos quando a fatalidade entrou pela porta no gestual
rendido de Dr. Jatene. Alberto Duarte levara votos a Gregório Bezerra,
também doente. Só assim soubemos por ele que fora visitado pelo então
governador na prisão, gesto que ignorávamos.
Dali
se seguiriam três dias penosos e grassou uma enorme sensação de
orfandade. Não menos doloroso foi o falecimento de D. Maria Tereza. Era
tão forte o laço que os unia que, enquanto ela esteve entre nós, ele
continuou presente. Isso dito, espero que os próximos meses assinalem
uma quadra de alegres homenagens ao casal. Naquela época, eu acreditava
que ainda conheceria muitos homens como Dr. Nilo. A vida madura provaria
que tem gente de grandeza tal que resiste a clonagem. Ele foi um.
Fernando Dourado é consultor em internacionalização de empresas
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miércoles, 19 de junio de 2013
El autor de ‘Personajes y temas de El Quijote’ era uno de los mayores hispanistas ( Juan Goytisolo )
Abarcar en unas pocas líneas una obra de la magnitud de la de
Francisco Márquez Villanueva es una tarea tan imposible como la de
intentar apresar con redes el agua del mar. ¿Cómo dar cuenta de su
ingente labor investigadora, de la riqueza y variedad de sus fuentes, de
la profundidad y agudeza de sus análisis? Nadie conocía mejor que él la
literatura española desde sus orígenes hasta su decadencia a finales
del siglo XVII. Mi deuda con él es inmensa. Su lectura asidua me abrió
nuevos caminos y orientó mi curiosidad hacia temas que sin él no hubiera
tenido la posibilidad de tratar. Decir que era el maestro de varias
generaciones de hispanistas se ajusta exactamente a la verdad. Recuerdo
que al leer una selección de ensayos de autores muy diversos sobre lo raro (queer)
en la literatura castellana del siglo XV y del llamado Siglo de Oro, le
dije que solo cuatro de ellos me habían interesado, y sonrió: los
cuatro habían sido discípulos suyos.
Pero esta maestría, reconocida por cuantos examinan nuestro pasado sin anteojeras, es decir, en toda su riqueza constitutiva, suscitó lamentablemente el rechazo o, por mejor decir, favoreció la ignorancia voluntaria de quienes se aferraban y se aferran al canon literario de una España únicamente cristiana y occidental, sin componentes árabes ni judíos.
Abierto a todas las fuentes del saber, Francisco Márquez Villanueva emprendió su vasta obra desde un prisma integrador de cuantas corrientes convergían en el rico caudal de nuestra literatura. Desde sus primeros ensayos de la década de los sesenta de la pasada centuria, establecido ya en Estados Unidos, abordó el tema de la españolidad conflictiva del siglo XVI con una amplitud de miras, en la estela de Américo Castro, que atrajo inmediatamente mi atención. Durante mis años de profesor visitante en California, Boston y Nueva York tuve ocasión de frecuentarle y admirar su labor. Sus ensayos sobre Cervantes, desde Personajes y temas de El Quijote (1975) a Moros, moriscos y turcos de Cervantes (2010), pasando por Trabajos y días cervantinos (1995) son de obligada referencia para quienes calan en la obra de nuestro primer escritor. Nadie se ha aproximado a ella con tal variedad de enfoques y ha hondado en sus estructuras narrativas y semánticas con tanta lucidez y erudición. Desde su cátedra de Literaturas Románicas de la Universidad de Harvard ejerció su magisterio mediante una metodología interdisciplinaria fundada en su bien asentada convicción de que el medievalismo español debería comprender tanto lo románico como lo semítico y que no podía ni debía ignorar la tarea investigadora de los arabistas y hebraístas.
Como mostró a lo largo de sus trabajos, la situación vivida por una importante minoría de españoles privados de la facultad de expresarse a cara descubierta fomentó la creación de estrategias creadoras defensivas de autores tan dispares como el del Lazarillo y Fray Luis de León, de Mateo Alemán y Cervantes, una disidencia de fondo enfrentada a los escollos del Santo Oficio y a la opinión mayoritaria de quienes lo sostenían. Márquez Villanueva no fue nunca un heterodoxo ni se propuso serlo. Buscaba tan solo ampliar las bases y ajustar los criterios historiográficos en beneficio de los amantes y estudiosos de nuestra literatura. Sus Orígenes y sociología del tema celestinesco, que releí recientemente, me cautivó tanto por sus conocimientos en la materia como por su claridad y rigor expositivos.
Mientras redacto apresuradamente estas líneas, conmovido por la noticia de su fallecimiento, examino la buena docena de libros que tengo al alcance de la mano y no sé a cuál remitirme. Su obra, como dije, nos desborda y me resisto a hablar de ella en pretérito puesto que sigue vigente y seguirá siéndolo para cuantos consideramos la literatura española sin apriorismos de ninguna índole. Como escribí hace ya algunos años, subrayar a estas alturas la importancia de su obra en el campo de la literatura e historiografía hispanas desde la España “alegre” de Juan Ruiz a la de la “fúnebre conmemoración del vacío” posterior a Cervantes, Góngora y Quevedo sería a todas luces superfluo si el tenaz e incorregible desconocimiento por parte de nuestro país de la obra de sus mejores hijos no nos obligara a ello. Su postura valiente y esclarecedora, en las antípodas del conformismo predominante en nuestro Parnaso, ha alentado la conspiración de silencio que premia en España a todo lo perturbador y fecundo. Pero tarde o temprano, la valía de una obra se abre paso y la de Márquez Villanueva aguarda su hora sin prisas. El futuro le pertenece y volverá caducos los argumentos de quienes abiertamente o con sigilo se enfrentaron a ella.
Pero esta maestría, reconocida por cuantos examinan nuestro pasado sin anteojeras, es decir, en toda su riqueza constitutiva, suscitó lamentablemente el rechazo o, por mejor decir, favoreció la ignorancia voluntaria de quienes se aferraban y se aferran al canon literario de una España únicamente cristiana y occidental, sin componentes árabes ni judíos.
Abierto a todas las fuentes del saber, Francisco Márquez Villanueva emprendió su vasta obra desde un prisma integrador de cuantas corrientes convergían en el rico caudal de nuestra literatura. Desde sus primeros ensayos de la década de los sesenta de la pasada centuria, establecido ya en Estados Unidos, abordó el tema de la españolidad conflictiva del siglo XVI con una amplitud de miras, en la estela de Américo Castro, que atrajo inmediatamente mi atención. Durante mis años de profesor visitante en California, Boston y Nueva York tuve ocasión de frecuentarle y admirar su labor. Sus ensayos sobre Cervantes, desde Personajes y temas de El Quijote (1975) a Moros, moriscos y turcos de Cervantes (2010), pasando por Trabajos y días cervantinos (1995) son de obligada referencia para quienes calan en la obra de nuestro primer escritor. Nadie se ha aproximado a ella con tal variedad de enfoques y ha hondado en sus estructuras narrativas y semánticas con tanta lucidez y erudición. Desde su cátedra de Literaturas Románicas de la Universidad de Harvard ejerció su magisterio mediante una metodología interdisciplinaria fundada en su bien asentada convicción de que el medievalismo español debería comprender tanto lo románico como lo semítico y que no podía ni debía ignorar la tarea investigadora de los arabistas y hebraístas.
Como mostró a lo largo de sus trabajos, la situación vivida por una importante minoría de españoles privados de la facultad de expresarse a cara descubierta fomentó la creación de estrategias creadoras defensivas de autores tan dispares como el del Lazarillo y Fray Luis de León, de Mateo Alemán y Cervantes, una disidencia de fondo enfrentada a los escollos del Santo Oficio y a la opinión mayoritaria de quienes lo sostenían. Márquez Villanueva no fue nunca un heterodoxo ni se propuso serlo. Buscaba tan solo ampliar las bases y ajustar los criterios historiográficos en beneficio de los amantes y estudiosos de nuestra literatura. Sus Orígenes y sociología del tema celestinesco, que releí recientemente, me cautivó tanto por sus conocimientos en la materia como por su claridad y rigor expositivos.
Mientras redacto apresuradamente estas líneas, conmovido por la noticia de su fallecimiento, examino la buena docena de libros que tengo al alcance de la mano y no sé a cuál remitirme. Su obra, como dije, nos desborda y me resisto a hablar de ella en pretérito puesto que sigue vigente y seguirá siéndolo para cuantos consideramos la literatura española sin apriorismos de ninguna índole. Como escribí hace ya algunos años, subrayar a estas alturas la importancia de su obra en el campo de la literatura e historiografía hispanas desde la España “alegre” de Juan Ruiz a la de la “fúnebre conmemoración del vacío” posterior a Cervantes, Góngora y Quevedo sería a todas luces superfluo si el tenaz e incorregible desconocimiento por parte de nuestro país de la obra de sus mejores hijos no nos obligara a ello. Su postura valiente y esclarecedora, en las antípodas del conformismo predominante en nuestro Parnaso, ha alentado la conspiración de silencio que premia en España a todo lo perturbador y fecundo. Pero tarde o temprano, la valía de una obra se abre paso y la de Márquez Villanueva aguarda su hora sin prisas. El futuro le pertenece y volverá caducos los argumentos de quienes abiertamente o con sigilo se enfrentaron a ella.
domingo, 16 de junio de 2013
Francisco Márquez Villanueva, cervantista transterrado
La mera mención de su obra llenaría el resto de esta breve nota, ya
que su bibliografía cuenta con más de una veintena de libros y cerca de
dos centenares de artículos. De ahí que sea preferible reseñar las
temáticas más frecuentadas por el insigne investigador, al principio muy
inspiradas por la obra de Américo Castro, luego en permanente diálogo
con la de otros grandes intelectuales como Marcel Bataillon.
Cervantista en el exilio, escribió algunas de las mejores páginas sobre el gran escritor, especialmente las que integran el espléndido volumen Personajes y temas del Quijote. Castrista de filiación, como también hemos señalado, una de sus dedicaciones mayores se refieren al mundo de los conversos y, más ampliamente, al mundo de las aportaciones de los autores de ascendencia judía o islámica a la formación de la cultura española del Siglo de Oro, con obras igualmente insoslayables, como El problema de los conversos: cuatro puntos cardinales, El problema morisco desde otras laderas o De la España judeoconversa: 12 estudios, además del prólogo al clásico La clase social de los conversos, de otro grande de la investigación del siglo XX, Antonio Domínguez Ortiz, todo lo cual podría converger en el recientemente publicado Moros, moriscos y turcos en Cervantes.
También hay que mencionar por fuerza su contribución al conocimiento de otra de las grandes creaciones literarias hispanas (Orígenes y sociología del tema celestinesco) y un libro indispensable por el que muchos sentimos verdadera debilidad: Santiago, trayectoria de un mito, donde desmonta con una finura crítica insuperable la fábula de la venida del apóstol a España: “Basada en muy poco más que leyendas y tradiciones críticamente infundadas, la historia del hecho jacobeo se avala en la autosuficiencia de una naturaleza mítica… Es un mundo de leyendas, de apócrifos y de distorsiones muy alejado de toda historia convencional”.
leia mais aqui
Cervantista en el exilio, escribió algunas de las mejores páginas sobre el gran escritor, especialmente las que integran el espléndido volumen Personajes y temas del Quijote. Castrista de filiación, como también hemos señalado, una de sus dedicaciones mayores se refieren al mundo de los conversos y, más ampliamente, al mundo de las aportaciones de los autores de ascendencia judía o islámica a la formación de la cultura española del Siglo de Oro, con obras igualmente insoslayables, como El problema de los conversos: cuatro puntos cardinales, El problema morisco desde otras laderas o De la España judeoconversa: 12 estudios, además del prólogo al clásico La clase social de los conversos, de otro grande de la investigación del siglo XX, Antonio Domínguez Ortiz, todo lo cual podría converger en el recientemente publicado Moros, moriscos y turcos en Cervantes.
También hay que mencionar por fuerza su contribución al conocimiento de otra de las grandes creaciones literarias hispanas (Orígenes y sociología del tema celestinesco) y un libro indispensable por el que muchos sentimos verdadera debilidad: Santiago, trayectoria de un mito, donde desmonta con una finura crítica insuperable la fábula de la venida del apóstol a España: “Basada en muy poco más que leyendas y tradiciones críticamente infundadas, la historia del hecho jacobeo se avala en la autosuficiencia de una naturaleza mítica… Es un mundo de leyendas, de apócrifos y de distorsiones muy alejado de toda historia convencional”.
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