En un libro recientemente publicado en
Portugal, titulado
SOS Angola,
la periodista Rita García recoge el sobrecogedor episodio de Fernando
Teles, un granjero de origen portugués nacido en Angola (como sus padres
y sus abuelos) que en octubre de 1975, un mes antes de que el país se
independizara, salió de casa para acompañar a su mujer Adelaide al
aeropuerto de Luanda y acabó en Lisboa sin siquiera tener pasaporte,
dejando todos sus bienes, su casa, sus muebles, su trabajo y su vida
entera en África. El plan era que Adelaide viajara hasta Lisboa —donde
sus padres, dada la inestabilidad política, se ocupaban desde agosto de
su hija pequeña— mientras Fernando, en Luanda, trataba de comprobar cómo
discurría todo. Pero un tiroteo imprevisto en los alrededores del
aeropuerto hizo que el aterrorizado conductor que guiaba el autocar
donde iban alojados los viajeros que iban a embarcar (y algunos
acompañantes) se dirigiera sin detenerse hasta el pie del avión y
dijera, sin dar ninguna otra opción a nadie: “Salgan ahora mismo todos y
métanse en el avión que yo tengo que escapar de ahí”. Teles no tuvo
alternativa. Horas después desembarcaba en mangas de camisa en una
ciudad donde en octubre hace ya frío (a diferencia de Angola), con la
vida reventada, el pasado hecho añicos y el destino del revés.
La desorganizada, apresurada y caótica descolonización de los países
africanos de lengua portuguesa (Angola, Mozambique, Guinea Bisáu y Santo
Tomé) propiciaron muchos casos como el de Fernando Teles. A mediados de
1975 Portugal era un país convulso, desgarrado por sacudidas políticas
que a punto estuvieron de llevarlo a la guerra civil. Un año antes, la
Revolución de los Claveles, sin un solo tiro, había derribado de un día
para otro una vieja y astrosa dictadura que duraba casi cincuenta años y
entre las reivindicaciones de los capitanes que pusieron en marcha el
nuevo rumbo del país estaba la descolonización casi inmediata de la
África portuguesa a fin de acabar con una guerra que desangraba el país
desde hacía años.
Primero surgió el relato de los jóvenes que combatieron y después el de los colonos que regresaron a la metrópoli
El proceso de independencia de estas colonias, hecho a toda
velocidad, acarreó la caótica vuelta a Portugal de cerca de medio millón
de personas que vivían en esas colonias africanas. Muchos, como el
granjero Teles, no conocían otro país que Angola o Mozambique y para
ellos la metrópoli no pasaba de ser una vaga referencia de abuelos, un
país pintado de colores en los mapas de las escuelas donde se hablaba la
misma lengua que en sus ciudades africanas.
El recuerdo de los soldados que combatieron en aquella guerra perdida
de antemano y su regreso a Portugal con la memoria estragada ha sido
materia de muchas novelas portuguesas. Sin ir más lejos, el primer
escritor del país,
António Lobo Antunes,
quien participó como teniente médico durante dos años en la guerra de
Angola, lo ha reflejado en muchas de sus narraciones, sobre todo en sus
primeros años de producción.
Fado Alejandrino
(Mondadori, 2006), una de las obras maestras de Lobo Antunes, además de
ser un retrato implacable de la sociedad portuguesa pre y pos
revolucionaria es, sobre todo, la sucesión de las vidas y las desgracias
de un puñado de militares arrancados a las colonias.
Las conocidas como las guerras de Ultramar (1961 a 1974) supusieron
la movilización de un gran número de jóvenes, muchos de ellos
universitarios, que a su regreso se convirtieron en la voz de la
fractura social y política que supuso para Portugal cerrar la puerta del
último imperio colonial de Occidente. Aunque las primeras novelas sobre
estos conflictos ensalzan el heroísmo del soldado portugués, la
derrota, el amargo regreso y la apertura política permiten aflorar una
literatura que refleja el horror y el desánimo de esos jóvenes. Estas
obras, que van surgiendo poco a poco en los ochenta, han tenido tiempo
de madurar en el corazón de sus autores, muchos de ellos testigos
directos de los combates. Narran muchos más hechos que simple
fabulación, pero al mismo tiempo son reflexivas y de gran calidad
artística. Más de 800.000 jóvenes lucharon en estos conflictos, casi
9.000 perecieron y 15.000 volvieron mutilados.
La literatura y el periodismo, sin embargo, no se ha ocupado tanto de
la vuelta (o viaje) a Portugal de estos colonos despojados de todo,
residentes en África hasta el último momento, de su intento de
integración en una sociedad convulsa y cambiante que no solo les era
ajena sino abiertamente hostil. Es ahora, casi cuarenta años después de
todo aquello, cuando comienzan a aparecer en Portugal novelas y libros
de reportajes apelando a esa memoria arrinconada durante mucho tiempo,
escritos por nuevas generaciones de autores que vivieron aquellos años
de niños o que ni siquiera habían nacido por entonces. Hasta hay series
de televisión emitidas en horario de
primetime que tienen como protagonistas a familias de retornados.
La novelista Dulce Maria Cardoso, nacida en Luanda, abandonó África
junto a su familia con lo puesto cuando tenía 11 años. En 2011, con 46,
publicó
O retorno,
una emocionante novela convertida desde el principio en un éxito
editorial portugués, con más de 20.000 ejemplares vendidos y un aluvión
de críticas elogiosas. El libro cuenta, en la voz transparente de un
adolescente llamado Rui, la huida atropellada de casa de una familia de
origen portugués atrapada por la guerra colonial y el secuestro del
padre, su llegada al atestado aeropuerto de Luanda, su desembarco en una
Lisboa fría y desconocida, su absurda estancia durante casi un año en
un cuarto de hotel de lujo de Estoril abarrotado de refugiados sin nada,
socorridos por unas autoridades más ocupadas en su propio proceso
político democrático que en atender a unos ciudadanos repentinamente
pobres, nada esperados, y, además, no muy bien vistos por una sociedad
que les acogió a regañadientes porque les considera unos advenedizos
menesterosos medio extranjeros explotadores de esclavos.
La elogiada novela 'O retorno' cuenta la huida atropellada de una familia de Angola hacia una Lisboa fría y desconocida
El hotel de lujo de Estoril poblado por refugiados existió (“la
avalancha de retornados era tal que hizo falta habilitar todas las
habitaciones posibles”). Y aunque Dulce María Cardoso se acuerda de la
paradoja de habitar esas habitaciones de cinco estrellas cuando vivían
casi sin nada se apresura a precisar que la historia de Rui no es su
historia. “Pero la novela tiene el aire de todo lo que yo viví, claro”.
Que supo siempre que tenía que escribir esa historia, pero que necesitó
de muchos años para poder llevarla a cabo. “Necesité sobre todo elaborar
una ética sobre la pérdida, ya que la novela es una radiografía sobre
la pérdida”. No solo, claro, la pérdida de los bienes que quedaron en
África, sino de la propia identidad abandonada a toda prisa. La
escritora es consciente del interés nuevo que despierta este episodio de
la reciente historia portuguesa. “Tal vez sea porque hay similitudes en
las dos épocas. Entonces se vivía el fin del sueño del imperio
portugués. Ahora, con la crisis, se vive el final del sueño europeo”.
En los últimos tiempos, paralelamente a la novela de Cardoso, Rita
García ha publicado dos grandes reportajes en forma de libro. El
primero, el antes mencionado
SOS Angola, relata la organización
del mayor puente aéreo jamás llevado a cabo: el que, ayudado por
Estados Unidos, gestó, organizó y puso en marcha Portugal para
repatriar, entre mayo y noviembre de 1975, a más de 170.000 personas,
entre los que se contaban Fernando Teles y su mujer Adelaide y Dulce
María Cardoso y su familia. Fueron casi mil vuelos, llevados a cabo por
varias compañías aéreas. La periodista, de 33 años, desconocía la
historia de los retornados cuando, dos años atrás, comenzó un reportaje
para el semanario
Sábado
sobre la compañía TAP. “Todos, los pilotos, las azafatas, los gestores,
me hablaban tanto de aquellos tiempos del puente aéreo que decidí
indagar”, explica la periodista. Así, sin ningún nexo familiar ni
sentimental con la historia, García comenzó a investigar y se enamoró de
la historia. Tanto que en junio de 2012 sacó otro libro, titulado
Os que vieram de África
(los que vinieron de África). “Ha sido necesario que pasaran muchos
años para hablar de esto. Porque hubo mucha desconfianza y mucho
enfrentamiento entre los de allá que venían y los de acá que recibían.
Los de allá habían vivido muy bien, tenían más educación, eran más
emprendedores, más modernos, hasta vestían ropas con más colores, más
bonitas. Y lo habían perdido todo. Y sentían que aquí no los querían. Se
sintieron traicionados por el Gobierno, que no les apoyó para quedarse
en África y que no les apoyó tampoco en Portugal”. Y añade: “Y era
cierto que no les querían. Aquí había crisis económica, un paro
creciente, una crisis política, muchos problemas de todo tipo y los
portugueses de la metrópoli vieron que debían repartir lo poco que
tenían con 500.000 personas a quien nadie había llamado y que, encima,
se permitían el lujo de juzgarles”. En opinión de García, las décadas
pasadas han jugado el papel de bálsamo social. “Aún hay comentarios
despectivos de unos sobre otros pero, en general, los años han servido
para que unos y otros se comprendan”.
Lo que no hicieron los que llegaron a Portugal fue regresar a África,
ni siquiera de visita. “Saben que todo cambió, por fotos recibidas, que
su casa se destruyó, o se hundió, que nada es como era. La mayoría,
sobre todo los más viejos, se ha negado siempre a volver. No quieren
traicionar la memoria”.
Libros de un tiempo arrinconado
Esplendor de Portugal,
António Lobo Antunes
(Siruela, 2002). A través de monólogos que se remontan en el tiempo y
que ponen voz a los sentimientos, las manías y las obsesiones de los
personajes, Lobo Antunes nos cuenta la historia y el declive de una
familia acaudalada de origen portugués residente en Angola. Nos habla de
la dictatorial madre, perteneciente a la clase más pudiente de la
minoritaria burguesía blanca, del padre alcoholizado y acomplejado, de
los tres hijos reducidos y destruidos por el tormentoso ambiente
familiar. Este es un libro sobre la huida de África y la imposible
integración en Europa de tres hermanos tan blancos como africanos. Pero
también es una soberbia novela sobre las termitas que corroen y estragan
las relaciones familiares desde la infancia hasta la muerte.
Nó Cego,
Carlos Vale Ferraz
(Casa das Letras, 2008). “Puta compañía… maricones, chulos,
seminaristas, niños de papá, vagabundos…”, así describe el Capitán a su
grupo de comandos destinado en Mozambique. La novela relata con extrema
crudeza las operaciones del grupo e indaga en las vidas de sus miembros.
La historia de un joven campesino alentejano que se fue a buscar la
vida a Lisboa, pero que en la capital solo encontró dolor y miseria, y
que acabó enrolado en el Ejército, es el ejemplo de muchas vidas de
jóvenes portugueses que acabaron implicados en las guerras africanas.
Carlos Vale Ferraz, cuyo nombre es Carlos Matos Gomes, fue oficial del
Ejército portugués y participó en operaciones especiales en Angola,
Mozambique y Guinea Bisáu.
Autopsia de un mar de ruinas,
João de Melo
(Ediciones Linteo, 2011). Esta novela está en la cima de la literatura
de la guerra colonial. Tiene una particularidad que permite al lector
involucrarse en la historia hasta sentirla como propia. En los capítulos
pares hablan los soldados portugueses y en los impares lo hacen los
milicianos angoleños, con su propio lenguaje y hasta la jerga africana.
João de Melo sirvió como enfermero en Angola.
La costa de los murmullos,
Lídia Jorge
(Alfaguara, 2001). Ambientada en Mozambique, la novela aporta la visión
femenina de la etapa colonial. Es un texto bello y profundo que permite
meterse en la mentalidad de quienes vivieron en la opulencia de los
territorios de ultramar. Al mismo tiempo, aflora en las voces y las
historias de Helena y Evita, sus protagonistas, el declive del último
imperio occidental y los abusos contra los africanos que se acentúa a
medida que la pérdida se hace más evidente.
Até Hoje (Memorias de Cão),
Álamo Oliveira
(Ulmeiro, 1986). La novela se centra en el amor que se profesan Fernando
y João, dos militares que conviven en un mugriento cuartel en Guinea
Bisáu. La vida de João sirve, a su vez, para evocar el ambiente en la
metrópoli antes de llegar a África y dar testimonio del paso de muchos
jóvenes portugueses de la inocencia a las atrocidades de la guerra y la
soledad.