sábado, 17 de marzo de 2012

La verdad última de Lázaro de Tormes (Francisco Rico)



Por puro capricho, porque lo creía “el idioma más hermoso que se conoce”, V.S. Naipaul estudió castellano en la escuela, donde, al par que el Tartufo y el Cyrano, le pusieron de texto el Lazarillo de Tormes. Más tarde, de becario en Oxford, lo tradujo al inglés y se lo ofreció a los Penguin Classics. El director lo rechazó de plano, porque explicaba era un libro difícil de publicar y tampoco creía que fuera un clásico. De sobra entendemos lo que quería decir: que el Lazarillo no merecía entrar en el canon mayor de la literatura europea porque, sobre ser español, no pasa de un juguete para reír, mero entretenimiento, sin la reveladora comprensión de la vida, la hondura de humanidad y la capacidad de emocionar e inquietar que van regularmente asociadas a la categoría de clásico. Nada menos cierto.
Leamos un par de líneas. “Cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo: —Hijo, ya sé que no te veré más”. Las sencillas palabras con que la pobre mujer asume la fuerza de las cosas tienen auténtica grandeza trágica. O tomemos un largo episodio. El proceso a través del cual Lázaro va averiguando quién es de veras el fantasioso escudero y cuántas hambres le esperan junto a semejante amo, y va compenetrándose con él al mismo tiempo y en la misma medida en que le descubre los puntos flacos y no entiende sus razones, es de una sympátheia y una perspicacia psicológica rigurosamente geniales.
“Éste” —dice del escudero— “es pobre, y nadie da lo que no tiene”. Sin descuidar sus otras caras, Lázaro no olvida nunca presentar el mejor lado de los infelices y humildes y salir en su defensa. El acemilero que se amontona con su madre hurtaba el pienso y “las mantas y sábanas de los caballos” para llevarle a ella y los suyos “pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos”. Pero el narrador no está dando la simple imagen de un ladronzuelo, porque detrás de esos datos objetivos nos propone el mismo juicio moral que medio siglo después enunciaría Guzmán de Alfarache: “Que esté proveído el hospital de lo que se pierde en tu botillería o despensa; que tus acémilas tienen sábanas y mantas, y allí se muere Cristo de frío; tus caballos de gordos revientan, y se te caen los pobres muertos a la puerta de flacos”. ¿Cómo condenar a un esclavo si “el amor le animaba a esto”?

 Inútil cualquier pretensión de universalizar los grandes ideales más allá de las personas: hay vidas, hombres, sentimientos

La identificación con los débiles y desdichados va de la mano con la enemiga hacia quienes abusan de su poder. Lázaro arremete contra “el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo” que lo maltratan y le niegan la comida que a ellos les sobra. A “los que heredaron nobles estados” proclama nada se les debe. Es que no cree en los dogmas voceados por la sociedad y se deja guiar sólo por un elemental sentido de humanidad y un cristianismo sin más precepto que la caridad. Los biempensantes creerán lo que se les antoje, pero ningún principio vale fuera de cada camisa, es decir, si no se sustancia en beneficio de los individuos concretos.
“¿Las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien?”. ¿El medro que viene de un “oficio real” en la administración? A Lázaro le da igual lo que opinen de su matrimonio con la criada del Arcipreste y de su modesta función de pregonero. Bien están, para quien tantas miserias ha padecido por los caminos. ¿Que la óptica común lo mira como a un bicho? Quizá. Pero una higa para la óptica común. Inútil cualquier pretensión de universalizar los grandes ideales más allá de las personas. No hay valores: hay vidas, hombres, sentimientos. Ese relativismo escéptico es también un humanismo y la verdad última de Lázaro de Tormes.
Que el Lazarillo es enormemente divertido, una maravilla de ingenio y buen humor, nadie podría no percibirlo. Salta a la vista la gracia de las situaciones y de los comentarios que las puntean, por más que la sabiduría lingüística y el don de polisemia del apócrifo autor sean tan prodigiosos, que a mí me ha llevado medio siglo pillar ciertos juegos de palabras. Nadie podría tampoco no disfrutar la destreza y variedad de recursos que el escritor despliega en el arte de narrar, ya se trate de articular una serie de estampas en apariencia sueltas (los lances con el ciego), ya de graduar magistralmente en ritmo y clímax una acción única, en un escenario casi desnudo (la casa del cura), o de contar lo que no se cuenta, antes bien precisamente lo que se niega (el lío del Arcipreste con la mujer de Lázaro).
Pero acaso la misma agilidad del relato y la frescura de estilo han encubierto que el Lazarillo, a todos los propósitos, tiene una riqueza significativa, una profundidad humana y una fuerza emotiva no ya equiparables sino harto superiores a las del Tartufo y el Cyrano que Naipaul conoció también en el colegio y que nunca fueron rechazados por un director de los Penguin Classics.
Fuente El Pais

miércoles, 14 de marzo de 2012

Nature at My Table. By Myself!








Quem de nós dois

Pra se distrair


Te ver nao é mais tao bacana...como a semana passada.

Pra voce guardei


quem me entender...

martes, 13 de marzo de 2012

Cartas de Amor de Maria Helena Vieira da Silva e Arpad Szenes .Ridículas.


"Não abuses das tuas forças, tanto morais como físicas", escreve-lhe do Brasil, ainda em Março de 1947.  "Imagino que esteja muito frio. Em Inglaterra há tempestades de neve. E estas tempestades continuarão até ter notícias tuas. É a minha quarta carta, meu amor. (...) Escrevo na varanda enquanto ouço os biriris [pássaros] e olho o mar na direcção da Europa, pelo menos assim o imagino."


"Hoje, ao olhar as tuas fotografias, gostei tanto de me lembrar de nós no atelier a cozinhar. Eu abraçava- -te apaixonadamente e a fotografia ficou com o sabor da mousse de chocolate. Adorava ver-te mesmo de longe", escreve-lhe Arpad em Março de 1947, num período em que Vieira regressa a Paris e o pintor húngaro fica no Rio de Janeiro, transformando o atelier que partilhavam em Santa Tereza, bairro boémio de casario português

  "Pensa um pouco em mim, mas calmamente, porque se tu estiveres calma eu estarei também." 

 Ler parte das dezenas de cartas que escreveram um ao outro Maria Helena Vieira da Silva e Arpad Szenes durante os 55 anos em que viveram juntos é entrar na sua intimidade, perceber de que se ocupavam quando não estavam a pintar, o que os preocupava quando se separavam.
Fonte Publico.pt

Sustentabilidade e Agricultura na Europa

Charles Godfray, professor da Universidade de Oxford, responsável pelo grupo de peritos escolhidos pelo Governo britânico para pensar as mudanças que a alimentação e a agricultura vão sofrer nas próximas décadas, esteve em Lisboa para fazer a primeira conferência do ciclo que a Fundação Gulbenkian e o PÚBLICO dedicam ao Futuro da Alimentação. 
Assista aqui
Fonte Publico.pt

Adeus ao Senhor Marques

Senhor Marque. Profissao: Fotógrafo.
E eu acrescentaria: "do melhor que houve"

Oh! Linda !


lunes, 12 de marzo de 2012

Bach

domingo, 11 de marzo de 2012

La tragedia luego de la muerte

La tragedia luego de la muerte


Rafael Argullol: En la época de Alejandro las concepciones acerca de la vida y de la muerte de distintos pueblos y culturas penetraron en el acervo griego.
Delfín Agudelo: Después de la muerte de Edipo -que es la muerte de un sistema de pensamiento, de una tipología del humano-, ¿a qué se dedica la tragedia? ¿Hacia dónde se dirige?
R.A.: Creo que la tragedia es el gran punto de inflexión entre una concepción anterior relativamente identificable y unívoca en la cual el esquema del hombre y su existencia es relativamente fácil de entender. El hombre nace, crece y muere. En el crecimiento del hombre se identifica su posibilidad de alcanzar un honor, una dignidad, una gloria, y tras la muerte el recuerdo de ese hombre a través de los otros hombres, de su memoria, es su única posibilidad de inmortalidad. Si eso lo trasladamos al arte, que siempre es testimonio del paso del hombre por la tierra, tenemos que encontrarnos con un arte que está sobre todo construido o bien buscando afirmar el carácter efímero de la vida del hombre, caso de Hesíodo  en Trabajos y días, o bien buscando afirmar la dignidad que tiene esa existencia efímera, el honor que se puede adquirir, y la inmortalidad que a través de la memoria de los otros hombres puede conceder el arte.
Y es allí donde la épica en cierto modo es la explicación de esa memoria, de ese hacer inmortalidad en la vida colectiva de los hombres y del pueblo, y encontramos en este enorme peso todo lo que sería arte funerario, necrológico, elegíaco, en el cual se exalta esa dignidad y ese honor de algo que ha sido efímero pero que se convierte en inmortal gracias a la labor de la memoria. Ahí descartamos toda idea de inmortalidad en sentido trascendente: todo funciona a través del propio circuito, de la afirmación de la existencia en sí misma, en la memoria y documento o testimonio de esto que es el arte. En el momento en que se trastoca esa idea del esquema del hombre en la tierra -que es que el hombre nace, vive fugazmente, muere pero alcanza otro tipo de vida- en el momento en que introduces ese elemento cambias evidentemente el propio testimonio del arte. El arte ya no recoge solo la dignidad o el honor de la vida efímera, sino que tiene que preocuparse también por recoger las expectativas, ilusiones, esperanzas y quimeras de una vida nueva, de otra vida, de una metempsicosis, de un retorno al mundo de las ideas como lo dice Platón.

La muerte y el paraíso interior

La muerte y el paraíso interior

Rafael Argullol: El arte ya no recoge solo la dignidad o el honor de la vida efímera, sino que tiene que preocuparse también por recoger las expectativas, ilusiones, esperanzas y quimeras de una vida nueva, de otra vida, de una metempsicosis, de un retorno al mundo de las ideas como lo dice Platón.
Delfín Agudelo: ¿Y cuál fue, entonces, el efecto?
R.A.: Cambiaron por completo las expectativas de ese gran documento de la vida del hombre que es el arte. Si nosotros ya no solo en Grecia estudiamos las repercusiones  de las concepciones en los documentos del arte, nos daremos cuenta de que sus intereses y actitudes varían en relación a esto. No es lo mismo el monopolio de la inmortalidad a través de la memoria, que es el caso de la épica homérica, que un arte como la Divina comedia de Dante, en el cual hay una clara afirmación de la existencia de un mundo interior. En la Divina Comedia la inmortalidad no viene tanto a través de la memoria y de los hechos pasados sino de encontrar un paraíso interior. Como lo dice bien en la comedia y muchos documentos todo el mundo cristiano medieval. Pienso que la tragedia está colocada justo en el momento en que lo que era esa concepción homérica o clásica, antigua, y que se concretaba en la idea del arte hijo de Mnemosina, hijo de la memoria, como vehículo de la inmortalidad, pasa a una nueva concepción en que el arte tendrá que tener en cuenta las expectativas de futuro de nueva o nuevas vidas, o las expectativas en que la parte espiritual del hombre sea mucho más importante que la cultura. En el caso de los pitagóricos y el último Platón desatan con toda su fuerza y luego tendrán tanta influencia. Evidentemente después de la tragedia, en el siglo IX a.C., el hecho de que se rompa el mundo de las polis griegas y se dé lugar al cosmopolitismo alejandrino, al cosmopolitismo helenista, aún va a provocar una mayor atomización de las concepciones de muerte, y diría yo una función mucho más multilateral del arte como documento.

Prestígio.."una categoría difícil de definir"

Disfrutando de la exposición del Museo Thyssen en torno al retrato de Giovanna Tornabuoni pintado por Domenico Ghirlandaio no tuve más remedio que pensar, una vez más, en el enigma creativo de la Florencia del Renacimiento. Dicho de otro modo: tras la silueta perfecta de Giovanna, más allá de su cuello largo y refinado, se escondía un extraño mundo lleno de violencia que había albergado la mayor concentración de talentos artísticos de la Historia. ¿Cómo podía haber sucedido esto en una ciudad relativamente pequeña, diezmada por la peste negra y sometida a una implacable guerra de clanes de la que ya había dado testimonio Dante en La divina comedia?
Recuerdo que esta pregunta me fascinaba ya hace mucho tiempo cuando, como estudiante, me planté en Florencia para realizar una tesis doctoral que nunca llegaría a su fin. La primera vez que uno va a Florencia se da cuenta de que lo que allí hay supera con mucho lo que hubiera podido imaginar. Parece imposible que gran parte de lo que ve se haya creado en un centenar de años. Cuando, luego, se buscan explicaciones casi ninguna es eternamente satisfactoria. Los historiadores se refieren a causas económicas, sociales, políticas, organizativas. Todas ellas son plausibles pero insatisfactorias para lo que aparece a los ojos como un milagro, como una suerte de golpe de mano del hombre para elevar el listón de la belleza hasta cotas inalcanzables. Pero ¿por qué en esa época y por qué en Florencia? A Orson Welles le gustaba comprobar -injustamente- la esterilidad creativa de la plácida Suiza con la exuberancia artística de aquella turbulenta Florencia, marcada por asesinatos y conspiraciones, en la que los Domenicos Ghirlandaio pintaban a las Giovannas Tornabuoni como si los sentidos se prepararan para un festín eterno.
Como el Quattrocento toscano es mi periodo favorito -quizá porque los artistas ejercían todavía de artesanos en una equilibrada muestra de modestia y libertad-, he vuelto una y otra vez a la pregunta, y aunque no se me ocurría desmentir ninguna de las argumentaciones de los historiadores, he elaborado una hipótesis para consumo propio: debe prestarse más atención, por encima de cualquier otra circunstancia, al prestigio de las artes entre los adolescentes florentinos de toda condición. La enorme energía desplegada al final de la Edad Media con la construcción de las catedrales, que implicaba a los diversos gremios de cada ciudad, es finalmente canalizada en una nueva imagen del artista, el cual, al liberarse paulatinamente de las servidumbres y prejuicios que rodeaban al trabajador manual, es contemplado como un hombre carismático e insólitamente libre. Este viraje se hace mucho más visible en Florencia que en cualquier otra ciudad europea, incluidas Venecia, París y las prósperas urbes flamencas. La revolución de Florencia sería el establecimiento de un magnetismo único que atraería a sucesivas generaciones de jóvenes durante un siglo largo.
Las Vidas de Giorgio Vasari, imprescindibles para entender los cambios en el lenguaje artístico, son una crónica minuciosa de aquel magnetismo, reflejado también por los historiadores florentinos del siglo XV. Por razones que ahora tal vez cuesta entender, Florencia estaba volcada en su propia creación como ciudad. Vasari relata las polémicas colectivas desatadas por la construcción de la cúpula de Santa Maria di Fiori y los vaivenes en el destino de Brunelleschi, cárcel incluida. De creer a Vasari y a los cronistas, cada nueva obra de envergadura excitaba la controversia entre los ciudadanos de Florencia. Las opiniones en torno a Miguel Ángel, ya a principios del siglo XV, serían la culminación del torbellino.
Esta atmósfera situaba la creación artística en el centro de la vida ciudadana, de modo que los adolescentes se sentían cautivados por lo que ofrecían los talleres de los pintores y de los escultores. Y lo que ofrecían eran duras -durísimas, a menudo- condiciones de aprendizaje. Por Vasari y por otros cronistas nos podemos formar una idea bastante nítida del funcionamiento de los botteghe algunas tan renombradas como las de los Pollaivolo o la de Andrea Verrochio donde se educó Leonardo. El adolescente, un niño prácticamente, entraba a formar parte de la vida colectiva del taller hacia los 12 o 13 años. A lo largo de una década participaba en todas las tareas colectivas, desde las más rudas hasta las que le hacían acceder a las obras en proceso de elaboración. A los 20 o 22 años, el aprendiz, convertido ya en maestro, se establecía por su cuenta y, si no podía hacerlo en Florencia, emigraba en busca de trabajo a otra ciudad, materializándose así la fructífera trashumancia renacentista. Si el adolescente accedía a un centro privilegiado como la Academia de los Medicis, la vida cotidiana seguía presidida por el rigor y el esfuerzo, tal como recalcaba Vasari en referencia a Miguel Ángel.
La dureza del aprendizaje no apartaba a los jóvenes florentinos de los talleres, sino todo lo contrario. No hay duda de que desde Cimabue y Giotto, a través del Trecento, el oficio del artesano pintor o escultor se había afianzado gracias a la prosperidad económica de la ciudad; sin embargo, este fenómeno también se daba en muchas otras ciudades sin que se produjera la prodigiosa cristalización de Florencia. Se hizo necesaria la sedimentación de un prestigio para que, en un movimiento espiritual centrípeto, el talento se adhiriera a las calles de la ciudad como una segunda piel. Los florentinos tuvieron una exquisita percepción de lo que estaba sucediendo y bautizaron al héroe que atraía a sus adolescentes: el artista nuovo.
Nosotros que, como es sabido, tenemos nuestros héroes, podemos comprender el impacto de este tipo de fenómenos. Los jóvenes se orientan instintivamente hacia el prestigio, una categoría difícil de definir porque en ella chocan bastante caóticamente la ambición, la lucha, la utilidad y, a menudo, una cierta dignidad en la supervivencia. El prestigio es el imán que cada época ofrece a sus jóvenes. Actualmente, entre nosotros, nada tiene más prestigio que un deportista y por eso nos pasamos la vida contemplando a través de la pantalla estudios donde compiten nuestros héroes. Es una opción.
Aunque nos cueste creerlo puede ser que en la Florencia del Quattrocento la opción fuera otra, y que los campeones de aquel tiempo se hallaran en los talleres de pintura y escultura. ¿Un cuento chino? Puede ser. Pero entonces, ¿cómo se explica que tantos domenicos ghirlandaio fueran capaces de pintar a tantas maravillosas giovannas tornabuoni?
El País, 19/07/2010 
Fuente Blog de   Rafael Argullol