viernes, 11 de noviembre de 2011
El Señor de la Montaña
FERNANDO SAVATER
Entre los clásicos de la literatura hay muchos a los que veneramos sin apenas comprenderlos, por adhesión a nuestra tradición cultural: y está bien que así sea. De otros -¡Shakespeare!- nos deslumbra la obra, mientras su silueta personal permanece entre sombras o leyendas. Pero de vez en cuando hay uno del que nos hacemos amigos, que se gana nuestro aprecio humano sin restarle encomio intelectual, del que podemos ser devotos dentro de la simpatía y hasta de la familiaridad. El más ilustre de estos prójimos, el más perdurable porque dura cambiando (como el tiempo mismo) es Michel de Montaigne.
Sarah Bakewell se centra en la vinculación permanente entre teoría y práctica que caracteriza la obra del pensador
Para quienes creemos que en la vorágine mutante de las formas sociales, las tecnologías, los credos y las modas hay algo esencialmente humano que se mantiene, reconocible siempre, Montaigne es un aliado insustituible. Sus Ensayos, el género que inventa casi sin querer para seguir dialogando intelectualmente con su desaparecido amigo La Boétie, se refieren de mil maneras a la fecha en que fueron escritos, hace más de cuatro siglos. A esa época lejana pertenecen muchos de los acontecimientos que narra, el gusto por la erudición grecolatina que maneja, las opiniones científicas que comenta, los aspectos de la cotidianidad que aparecen a cada paso, etcétera... Sin embargo, el hombre que los refiere, con sus dudas, sus manías y sus temblores, se nos parece en todo. Esta combinación entre lo circunstancialmente remoto y lo íntimamente cercano constituye su inmarchitable encanto.
Hoy es frecuente representar obras teatrales del pasado con ambientación, decorado y referencias históricas actuales; por el contrario, los Ensayos nos muestran nuestros sentimientos cotidianos confrontados con un entorno social y mental cronológicamente exótico. Leyéndolos, sentimos o creemos sentir lo que hubiésemos experimentado de haber vivido en el siglo XVI: pero, sobre todo, compartimos empáticamente lo que Montaigne habría padecido o gozado en nuestro presente. Por eso nos producen un ambiguo y placentero escalofrío en el que la curiosidad por la extrañeza de lo ajeno se transforma en reconocimiento de lo más propio y personal, lo que nunca habíamos contado a nadie pero que ahora nos llega dicho con vivacidad y gracia por una voz ajena, distante y próxima, que nos susurra al oído: tua res agitur, se trata de ti. Somos en lo que cambia, no cambia lo que somos.
Esta fidelidad perspicaz a la humanidad que compartimos le ha granjeado lectores adictos en todas las épocas, empezando por Shakespeare: unos le han tomado como maestro o compañero de viaje, otros han regañado con él con animosidad personal (¡Pascal!), pero siempre lo han tenido por imprescindible. Cada época lo toma como referente de actitudes, temores y esperanzas: quizá la estimación más emocionante sea la de Stefan Zweig, al final de su vida, a punto de suicidarse en el exilio tras la Europa que según él ya se había suicidado, que le convierte en símbolo de la tolerancia perdida y del sonriente y escéptico humanismo martirizado.
Dos libros recientes atestiguan entre nosotros esa identificación siempre renovada con el Señor de la Montaña. El chileno Jorge Edwards, en La muerte de Montaigne (Tusquets), pone su propia vida al paso de la de Montaigne y le utiliza en paralelo para hablar de la emoción y hasta la excitación erótica de la escritura, completando con su imaginación de novelista lo poco que sabemos de su relación crepuscular con Marie de Gournay, acicate sabroso de sus últimos años y fiel editora póstuma de los ensayos. Pero Edwards dedica también especial atención a un aspecto a menudo postergado en la consideración del autor: su faceta como político en una época convulsa de enfrentamientos dinásticos y religiosos, su búsqueda tenaz de acuerdo y reconciliación en la Francia incipiente pero ya dividida. Un hermoso retrato del inmortal que muere batallando por la vida, dibujado desde la información histórica, la intuición narrativa y la experiencia personal.
La inglesa Sarah Bakewell, en Cómo vivir. Una vida con Montaigne (Ariel), no escribe un libro de autoayuda a partir de los ensayos del gascón, como podría sugerir el título. Más bien realiza un examen documentado y ágil de su trayectoria, conducido con inteligencia exenta de pedantería y centrado en la vinculación permanente entre teoría y práctica que caracteriza la obra del pensador. Quizá una de las claves del duradero interés no académico que suscita Montaigne es que no vivió para pensar sino que pensó para vivir: sus reflexiones, ondulantes y a menudo contradictorias, poseen la irremediable inquietud de la existencia real. Lo que Montaigne se propuso fue vivir à propos, es decir, de una manera consciente y reflexiva, comentada por su voz interior, aunque no siempre deliberada y calculadora. Sobre todo, nunca refugiarse en los denuestos y la minusvaloración de nuestro ser, sino aceptarlo y tratar de comprenderlo a partir de un resignado humorismo. El examen de Bakewell es una oportuna y entretenida introducción a este empeño. Al igual que la obra de Edwards, uno de sus mayores méritos es que nos estimula a releer o leer por primera vez esos ensayos que constituyen los mejores ejercicios espirituales de la humanidad moderna. Razón bastante para estarles agradecidos...
La muerte de Montaigne. Jorge Edwards. Tusquets. Barcelona, 2011. 296 páginas. 18 euros. Cómo vivir. Una vida con Montaigne. En una pregunta y veinte intentos de respuesta. Sarah Bakewell. Traducción de Ana Herrera Ferrer. Ariel. Barcelona, 2011. 480 páginas. 22,90 euros (electrónico: 15,99).
Fuente El Pais
Entre los clásicos de la literatura hay muchos a los que veneramos sin apenas comprenderlos, por adhesión a nuestra tradición cultural: y está bien que así sea. De otros -¡Shakespeare!- nos deslumbra la obra, mientras su silueta personal permanece entre sombras o leyendas. Pero de vez en cuando hay uno del que nos hacemos amigos, que se gana nuestro aprecio humano sin restarle encomio intelectual, del que podemos ser devotos dentro de la simpatía y hasta de la familiaridad. El más ilustre de estos prójimos, el más perdurable porque dura cambiando (como el tiempo mismo) es Michel de Montaigne.
Sarah Bakewell se centra en la vinculación permanente entre teoría y práctica que caracteriza la obra del pensador
Para quienes creemos que en la vorágine mutante de las formas sociales, las tecnologías, los credos y las modas hay algo esencialmente humano que se mantiene, reconocible siempre, Montaigne es un aliado insustituible. Sus Ensayos, el género que inventa casi sin querer para seguir dialogando intelectualmente con su desaparecido amigo La Boétie, se refieren de mil maneras a la fecha en que fueron escritos, hace más de cuatro siglos. A esa época lejana pertenecen muchos de los acontecimientos que narra, el gusto por la erudición grecolatina que maneja, las opiniones científicas que comenta, los aspectos de la cotidianidad que aparecen a cada paso, etcétera... Sin embargo, el hombre que los refiere, con sus dudas, sus manías y sus temblores, se nos parece en todo. Esta combinación entre lo circunstancialmente remoto y lo íntimamente cercano constituye su inmarchitable encanto.
Hoy es frecuente representar obras teatrales del pasado con ambientación, decorado y referencias históricas actuales; por el contrario, los Ensayos nos muestran nuestros sentimientos cotidianos confrontados con un entorno social y mental cronológicamente exótico. Leyéndolos, sentimos o creemos sentir lo que hubiésemos experimentado de haber vivido en el siglo XVI: pero, sobre todo, compartimos empáticamente lo que Montaigne habría padecido o gozado en nuestro presente. Por eso nos producen un ambiguo y placentero escalofrío en el que la curiosidad por la extrañeza de lo ajeno se transforma en reconocimiento de lo más propio y personal, lo que nunca habíamos contado a nadie pero que ahora nos llega dicho con vivacidad y gracia por una voz ajena, distante y próxima, que nos susurra al oído: tua res agitur, se trata de ti. Somos en lo que cambia, no cambia lo que somos.
Esta fidelidad perspicaz a la humanidad que compartimos le ha granjeado lectores adictos en todas las épocas, empezando por Shakespeare: unos le han tomado como maestro o compañero de viaje, otros han regañado con él con animosidad personal (¡Pascal!), pero siempre lo han tenido por imprescindible. Cada época lo toma como referente de actitudes, temores y esperanzas: quizá la estimación más emocionante sea la de Stefan Zweig, al final de su vida, a punto de suicidarse en el exilio tras la Europa que según él ya se había suicidado, que le convierte en símbolo de la tolerancia perdida y del sonriente y escéptico humanismo martirizado.
Dos libros recientes atestiguan entre nosotros esa identificación siempre renovada con el Señor de la Montaña. El chileno Jorge Edwards, en La muerte de Montaigne (Tusquets), pone su propia vida al paso de la de Montaigne y le utiliza en paralelo para hablar de la emoción y hasta la excitación erótica de la escritura, completando con su imaginación de novelista lo poco que sabemos de su relación crepuscular con Marie de Gournay, acicate sabroso de sus últimos años y fiel editora póstuma de los ensayos. Pero Edwards dedica también especial atención a un aspecto a menudo postergado en la consideración del autor: su faceta como político en una época convulsa de enfrentamientos dinásticos y religiosos, su búsqueda tenaz de acuerdo y reconciliación en la Francia incipiente pero ya dividida. Un hermoso retrato del inmortal que muere batallando por la vida, dibujado desde la información histórica, la intuición narrativa y la experiencia personal.
La inglesa Sarah Bakewell, en Cómo vivir. Una vida con Montaigne (Ariel), no escribe un libro de autoayuda a partir de los ensayos del gascón, como podría sugerir el título. Más bien realiza un examen documentado y ágil de su trayectoria, conducido con inteligencia exenta de pedantería y centrado en la vinculación permanente entre teoría y práctica que caracteriza la obra del pensador. Quizá una de las claves del duradero interés no académico que suscita Montaigne es que no vivió para pensar sino que pensó para vivir: sus reflexiones, ondulantes y a menudo contradictorias, poseen la irremediable inquietud de la existencia real. Lo que Montaigne se propuso fue vivir à propos, es decir, de una manera consciente y reflexiva, comentada por su voz interior, aunque no siempre deliberada y calculadora. Sobre todo, nunca refugiarse en los denuestos y la minusvaloración de nuestro ser, sino aceptarlo y tratar de comprenderlo a partir de un resignado humorismo. El examen de Bakewell es una oportuna y entretenida introducción a este empeño. Al igual que la obra de Edwards, uno de sus mayores méritos es que nos estimula a releer o leer por primera vez esos ensayos que constituyen los mejores ejercicios espirituales de la humanidad moderna. Razón bastante para estarles agradecidos...
La muerte de Montaigne. Jorge Edwards. Tusquets. Barcelona, 2011. 296 páginas. 18 euros. Cómo vivir. Una vida con Montaigne. En una pregunta y veinte intentos de respuesta. Sarah Bakewell. Traducción de Ana Herrera Ferrer. Ariel. Barcelona, 2011. 480 páginas. 22,90 euros (electrónico: 15,99).
Fuente El Pais
GOYA: o primeiro Romantico?
¿Acarició Goya los pies de la duquesa?
FÉLIX DE AZÚA 05/11/2011
A pesar de contar con una bibliografía colosal sigue siendo Goya el más ignoto de los artistas universales. No por ausencia de información sobre su vida (aunque es escasa) sino porque aún no sabemos cuál fue la norma de su desconcertante creatividad. Comparte con Rembrandt el estatuto de pintor supremo y carácter desconocido, razón por la cual todo estudio sobre Goya merece la lectura si viene de fuente seria. Tal es el caso de Todorov, cuyo libro es un ensayo de divulgación para el público en general.
Goya. A la sombra de las Luces
Tzvetan Todorov
Prólogo de José María Ridao
Traducción de Noemí Sobregués
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores Barcelona, 2011. 250 páginas. 21 euros
Sólo por poner un ejemplo de nuestro desconcierto, ¿cómo podemos conciliar que las pinturas cortesanas procedan de la misma cabeza que concibe las pinturas negras? Muchos artistas tienen en su juventud un estilo convencional y con la madurez perfeccionan otro más personal y novedoso, pero no es el caso de Goya. El retrato de Fernando VII de 1814 es coetáneo de Los fusilamientos del 3 de mayo que se podría atribuir a un artista del siglo XX abrumado por las guerras mundiales. Hay siempre en Goya dos almas antagónicas y agónicas.
O bien, ¿es en verdad Goya el primer pintor romántico en un sentido riguroso? ¿O es otro caso de transición inconsciente y por lo tanto incompleta, como Blake, Turner o Füssli? Uno de nuestros mejores expertos, Valeriano Bozal, no lo duda y va más lejos: Goya es tan plenamente romántico que consume por entero el movimiento y salta hasta la modernidad. Desde su tesis doctoral, editada en 1983 (Lumen), hasta su breve publicación de 2010 (Machado), mantiene Bozal que hay muchas conciencias en Goya, pero también una indudable unidad.
No es el caso de Todorov, quien usa las categorías de "ilustrado" y "romántico" con cierta ligereza, hasta el punto de que el subtítulo del libro (A la sombra de las Luces) parece situar a Goya en aquel crepúsculo de la Ilustración que no llegó a cruzar la puerta del romanticismo. Todorov cree que el pensamiento de Goya no acaba de arrancarse de la tradición clásica y lo ve como otra gran figura del humanismo europeo. Es de agradecer, sin embargo, que no pierda el tiempo con los pretendidos amores de Goya y la de Alba que tanta tinta inútil han consumido. Todorov los da por sentado (algo que me parece muy discutible) y pasa rápidamente a las cuestiones relevantes.
Por su parte Bozal pone a Goya en la estela de los satíricos españoles, Gallardo, Miñano y (más tarde) Larra, pero sólo en una parte de su producción, y es la otra parte, oculta, velada, la que destruye toda posibilidad de mantenerle en el exiguo territorio de los afrancesados. No cabe imaginar a un ilustrado, aunque pertenezca a "la noche de las Luces", concibiendo una barbaridad como Saturno devora a sus hijos, pintura que podría firmar un expresionista alemán. No es una cuestión de contenido, como dice Bozal, sino de trazo.
La vida de Goya transcurre en uno de los epicentros que derrumban el Antiguo Régimen. Cuando los alemanes inventan el romanticismo a finales del XVIII lo hacen en guerra contra la Ilustración francesa, pero Goya vive la invasión napoleónica como última posibilidad para que España se integre en la Europa civilizada. La escisión que hubo de soportar aquel hombre aislado del mundo por una sordera aún inexplicada debió de ser espeluznante.
Siendo así que su educación era escasa y que escribía como un analfabeto, su conciencia sólo pudo expresarse en imágenes, mucho más difíciles de desentrañar que las palabras. Todorov ha procedido a una notable lectura de esas imágenes. No ha resuelto ningún enigma, ciertamente, pero ha dejado un retrato digno y devoto de un hombre inaprensible. La edición, además, está muy bien ilustrada, la traducción es excelente y lleva un agudo prólogo de José María Ridao.
Fuente El Pais
FÉLIX DE AZÚA 05/11/2011
A pesar de contar con una bibliografía colosal sigue siendo Goya el más ignoto de los artistas universales. No por ausencia de información sobre su vida (aunque es escasa) sino porque aún no sabemos cuál fue la norma de su desconcertante creatividad. Comparte con Rembrandt el estatuto de pintor supremo y carácter desconocido, razón por la cual todo estudio sobre Goya merece la lectura si viene de fuente seria. Tal es el caso de Todorov, cuyo libro es un ensayo de divulgación para el público en general.
Goya. A la sombra de las Luces
Tzvetan Todorov
Prólogo de José María Ridao
Traducción de Noemí Sobregués
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores Barcelona, 2011. 250 páginas. 21 euros
Sólo por poner un ejemplo de nuestro desconcierto, ¿cómo podemos conciliar que las pinturas cortesanas procedan de la misma cabeza que concibe las pinturas negras? Muchos artistas tienen en su juventud un estilo convencional y con la madurez perfeccionan otro más personal y novedoso, pero no es el caso de Goya. El retrato de Fernando VII de 1814 es coetáneo de Los fusilamientos del 3 de mayo que se podría atribuir a un artista del siglo XX abrumado por las guerras mundiales. Hay siempre en Goya dos almas antagónicas y agónicas.
O bien, ¿es en verdad Goya el primer pintor romántico en un sentido riguroso? ¿O es otro caso de transición inconsciente y por lo tanto incompleta, como Blake, Turner o Füssli? Uno de nuestros mejores expertos, Valeriano Bozal, no lo duda y va más lejos: Goya es tan plenamente romántico que consume por entero el movimiento y salta hasta la modernidad. Desde su tesis doctoral, editada en 1983 (Lumen), hasta su breve publicación de 2010 (Machado), mantiene Bozal que hay muchas conciencias en Goya, pero también una indudable unidad.
No es el caso de Todorov, quien usa las categorías de "ilustrado" y "romántico" con cierta ligereza, hasta el punto de que el subtítulo del libro (A la sombra de las Luces) parece situar a Goya en aquel crepúsculo de la Ilustración que no llegó a cruzar la puerta del romanticismo. Todorov cree que el pensamiento de Goya no acaba de arrancarse de la tradición clásica y lo ve como otra gran figura del humanismo europeo. Es de agradecer, sin embargo, que no pierda el tiempo con los pretendidos amores de Goya y la de Alba que tanta tinta inútil han consumido. Todorov los da por sentado (algo que me parece muy discutible) y pasa rápidamente a las cuestiones relevantes.
Por su parte Bozal pone a Goya en la estela de los satíricos españoles, Gallardo, Miñano y (más tarde) Larra, pero sólo en una parte de su producción, y es la otra parte, oculta, velada, la que destruye toda posibilidad de mantenerle en el exiguo territorio de los afrancesados. No cabe imaginar a un ilustrado, aunque pertenezca a "la noche de las Luces", concibiendo una barbaridad como Saturno devora a sus hijos, pintura que podría firmar un expresionista alemán. No es una cuestión de contenido, como dice Bozal, sino de trazo.
La vida de Goya transcurre en uno de los epicentros que derrumban el Antiguo Régimen. Cuando los alemanes inventan el romanticismo a finales del XVIII lo hacen en guerra contra la Ilustración francesa, pero Goya vive la invasión napoleónica como última posibilidad para que España se integre en la Europa civilizada. La escisión que hubo de soportar aquel hombre aislado del mundo por una sordera aún inexplicada debió de ser espeluznante.
Siendo así que su educación era escasa y que escribía como un analfabeto, su conciencia sólo pudo expresarse en imágenes, mucho más difíciles de desentrañar que las palabras. Todorov ha procedido a una notable lectura de esas imágenes. No ha resuelto ningún enigma, ciertamente, pero ha dejado un retrato digno y devoto de un hombre inaprensible. La edición, además, está muy bien ilustrada, la traducción es excelente y lleva un agudo prólogo de José María Ridao.
Fuente El Pais
Brunelleschi
“Brunelleschi achava divertido o facto de ninguém conseguir desvendar o seu segredo”, disse Massimo Ricci numa conferência em Florença, transmitida em directo no site da National Geographic. “Ludibriar, despistar, confundir as ideias, foi um rasto típico da personalidade de Brunelleschi”, continuou o especialista.
Construída nos anos 1420/1430, a cúpula da Catedral de Florença, um dos símbolos máximos da cidade italiana, foi a primeira obra do género, de grandes dimensões, construída sobre uma enorme base octogonal, desconhecendo-se até hoje o plano de construção. O arquitecto renascentista não só construiu um monumento robusto e imponente, como escondeu o truque que mantém a estrutura.
Ao longo dos séculos foram vários os investigadores e arquitectos que tentaram perceber e até reproduzir a sua construção. A grande dúvida foi sempre descobrir como é que Brunelleschi conseguiu construir a enorme cúpula sem usar um suporte de madeira ou ferro. As teorias multiplicaram-se mas nunca com uma base científica credível, ao contrário do que aconteceu com Massimo Ricci, que apresentou esta semana os resultados da investigação “de uma vida”.
Dispostos em duas camadas diferentes e de duas formas diferentes, é a estrutura interna, que é a que aguenta o peso da construção, onde os tijolos foram dispostos na diagonal, “como a espinha de um peixe”, disse Ricci, explicando que “sem utilizar material metálico algum, como muitos estudiosos defenderam no passado, mas sim graças a um sistema de cordas que permitia calcular a posição e o angulo exacto a que cada tijolo devia ser posto”. Para esconder esta técnica, Brunelleschi ordenou que se marcassem os tijolos que ficavam à superfície com um risco, para deixar crer que tinham sido dispostos na vertical. “Um sistema único e nunca mais repetido na história”, garante.
Estas foram as conclusões do estudo desenvolvido por Ricci que só foi possível através do recurso a uma sonda, que entrou na estrutura através de uma fenda aberta na cúpula. Desta forma, o arquitecto conseguiu ter acesso ao “coração” do monumento. A sonda conseguiu entrar na estrutura com uma profundidade de cerca de dois metros, permitindo a Massimo Ricci obter imagens endoscópicas nunca antes conhecidas.
“Aquilo que eu pude verificar com um exame endoscópico na cúpula não contribui apenas para o conhecimento aprofundado da estrutura, como é também muito importante para intervir no seu restauro e consolidação. De facto, eu pude ver que os buracos estão em boas condições e isto é particularmente importante para a futura conservação desta obra-prima italiana”, disse ao La Repubblica o arquitecto.
O arquitecto e professor Massimo Ricci começou a estudar a construção da cúpula em 1975, ambicionando tornar-se no primeiro investigador a descobrir o método de construção de Filippo Brunelleschi. Em 1984 construiu uma réplica da cúpula à escala de 1:5 e desde então tem vindo a publicar vários artigos científicos na área.
Massimo Ricci é ainda presidente da associação “Ser Filippo Brunelleschi” e em Novembro de 2002 foi nomeado membro do Fórum Mundial da Unesco como especialista no restauro de monumentos.
Fonte Publico.pt
Construída nos anos 1420/1430, a cúpula da Catedral de Florença, um dos símbolos máximos da cidade italiana, foi a primeira obra do género, de grandes dimensões, construída sobre uma enorme base octogonal, desconhecendo-se até hoje o plano de construção. O arquitecto renascentista não só construiu um monumento robusto e imponente, como escondeu o truque que mantém a estrutura.
Ao longo dos séculos foram vários os investigadores e arquitectos que tentaram perceber e até reproduzir a sua construção. A grande dúvida foi sempre descobrir como é que Brunelleschi conseguiu construir a enorme cúpula sem usar um suporte de madeira ou ferro. As teorias multiplicaram-se mas nunca com uma base científica credível, ao contrário do que aconteceu com Massimo Ricci, que apresentou esta semana os resultados da investigação “de uma vida”.
Dispostos em duas camadas diferentes e de duas formas diferentes, é a estrutura interna, que é a que aguenta o peso da construção, onde os tijolos foram dispostos na diagonal, “como a espinha de um peixe”, disse Ricci, explicando que “sem utilizar material metálico algum, como muitos estudiosos defenderam no passado, mas sim graças a um sistema de cordas que permitia calcular a posição e o angulo exacto a que cada tijolo devia ser posto”. Para esconder esta técnica, Brunelleschi ordenou que se marcassem os tijolos que ficavam à superfície com um risco, para deixar crer que tinham sido dispostos na vertical. “Um sistema único e nunca mais repetido na história”, garante.
Estas foram as conclusões do estudo desenvolvido por Ricci que só foi possível através do recurso a uma sonda, que entrou na estrutura através de uma fenda aberta na cúpula. Desta forma, o arquitecto conseguiu ter acesso ao “coração” do monumento. A sonda conseguiu entrar na estrutura com uma profundidade de cerca de dois metros, permitindo a Massimo Ricci obter imagens endoscópicas nunca antes conhecidas.
“Aquilo que eu pude verificar com um exame endoscópico na cúpula não contribui apenas para o conhecimento aprofundado da estrutura, como é também muito importante para intervir no seu restauro e consolidação. De facto, eu pude ver que os buracos estão em boas condições e isto é particularmente importante para a futura conservação desta obra-prima italiana”, disse ao La Repubblica o arquitecto.
O arquitecto e professor Massimo Ricci começou a estudar a construção da cúpula em 1975, ambicionando tornar-se no primeiro investigador a descobrir o método de construção de Filippo Brunelleschi. Em 1984 construiu uma réplica da cúpula à escala de 1:5 e desde então tem vindo a publicar vários artigos científicos na área.
Massimo Ricci é ainda presidente da associação “Ser Filippo Brunelleschi” e em Novembro de 2002 foi nomeado membro do Fórum Mundial da Unesco como especialista no restauro de monumentos.
Fonte Publico.pt
jueves, 10 de noviembre de 2011
Universidade, Universitário...
Por Reynaldo Turollo Jr., Rafael Sampaio e Patrícia Gomes, na Folha:
De iluminador a barman, de músico a estoquista, estudantes da USP ou não. Entre os 72 invasores da reitoria que foram fichados na delegacia anteontem, teve de tudo. A maior parte, 51 estudantes, tem vínculo regular com a universidade, matriculados na graduação ou na pós. Desses, 34 vêm de cursos da FFLCH, onde começou o imbróglio. Fora a FFLCH, os alunos são das faculdades de comunicação (7), geologia (2), arquitetura (2), educação (2), psicologia (1), oceanografia (1), da USP Leste (1) e da Poli (1). Segundo os registros da universidade, até 18 invasores não têm vínculo oficial com a instituição. Um deles, inclusive, é aluno da PUC-SP e outro, da Federal da Paraíba.
Entre os não alunos há aprovados em vestibulares no início dos anos 2000, que, pelas regras de tempo, já não podem mais estar na USP. Um dos líderes do movimento, Rafael Alves, 29, é veterano da USP, onde está ao menos há sete anos. Em 2010, foi jubilado, mas fez vestibular e foi aprovado de novo. Contra ele existem cinco processos, quatro administrativos e um criminal. Três deles são referentes à invasão de um prédio da assistência social da USP, no ano passado. “O último processo que sofri foi movido pela Coseas [assistência social da USP] e foi baseado em um BO, o que não é legítimo”, disse Alves. Aluno da FFLCH, Gabriel Lima, 25, disse que entrou no movimento para “transformar a universidade elitista”. Os alunos que atenderam a Folha não quiseram falar de filiações partidárias.
(…)
De iluminador a barman, de músico a estoquista, estudantes da USP ou não. Entre os 72 invasores da reitoria que foram fichados na delegacia anteontem, teve de tudo. A maior parte, 51 estudantes, tem vínculo regular com a universidade, matriculados na graduação ou na pós. Desses, 34 vêm de cursos da FFLCH, onde começou o imbróglio. Fora a FFLCH, os alunos são das faculdades de comunicação (7), geologia (2), arquitetura (2), educação (2), psicologia (1), oceanografia (1), da USP Leste (1) e da Poli (1). Segundo os registros da universidade, até 18 invasores não têm vínculo oficial com a instituição. Um deles, inclusive, é aluno da PUC-SP e outro, da Federal da Paraíba.
Entre os não alunos há aprovados em vestibulares no início dos anos 2000, que, pelas regras de tempo, já não podem mais estar na USP. Um dos líderes do movimento, Rafael Alves, 29, é veterano da USP, onde está ao menos há sete anos. Em 2010, foi jubilado, mas fez vestibular e foi aprovado de novo. Contra ele existem cinco processos, quatro administrativos e um criminal. Três deles são referentes à invasão de um prédio da assistência social da USP, no ano passado. “O último processo que sofri foi movido pela Coseas [assistência social da USP] e foi baseado em um BO, o que não é legítimo”, disse Alves. Aluno da FFLCH, Gabriel Lima, 25, disse que entrou no movimento para “transformar a universidade elitista”. Os alunos que atenderam a Folha não quiseram falar de filiações partidárias.
(…)
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