domingo, 21 de octubre de 2012
ya sé que los políticos escogen lo que quieren del pasado”.
La culpa fue de Velázquez. El joven estudiante de Historia John H. Elliott (Reading, Inglaterra, 1930) cayó rendido a sus pies nada más descubrirle en su primera visita al Museo del Prado, un traqueteado verano de 1950 en el que recorría España en un ajado camión militar. Entre todas ellas le sobrecogió el gran retrato ecuestre del conde-duque de Olivares, el valido de Felipe IV, montado sobre un caballo encabritado, engalanado con oropeles de mando, mirando como un caudillo que chequea la predisposición de las tropas. “Poco importa que en realidad nunca mandara a sus soldados en este campo de batalla ni en ningún otro”, desvela Elliott, “si alguna vez ha habido un retrato donde se personificara la arrogancia del poder, ha de ser sin duda este”.
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Elliott acaba de publicar Haciendo Historia (Taurus), una guía a la vez íntima y profesional por los entresijos del oficio, los temas que han ocupado a los historiadores en las últimas décadas y las transformaciones de la profesión, como la incorporación de mujeres que llevaron de la mano el interés por la historia social. “Este libro es a la vez personal e impersonal”, avisa desde la primera línea el catedrático que ha pasado por las aulas más reverenciadas: Oxford, Princeton, Cambridge. En él cuenta por qué España —y no Francia o Italia— se convierte en su materia de estudio. La encontró diferente. Por su encrucijada entre religiones (cristianismo, judaísmo e islam) y etnias. Por urdir un imperio de ultramar antes que ninguna potencia europea. Por su tensión entre unidad y diversidad territorial. Una no muy distinta a la que vuelve a estar sobre la mesa. “He pasado mi vida desmitificando la historia”, aclara, “así que me preocupa cuando surge esta historia reduccionista, deformada en el fondo. La mala historia conduce a una mala política, aunque ya sé que los políticos escogen lo que quieren del pasado”.
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Mirando hacia atrás, siente la insatisfacción propia del especialista que conoce mejor que nadie sus lagunas. También cierto orgullo: “Espero haber podido cambiar nuestra visión de una época tan importante de España y transformar algo la visión de la Europa de esos siglos. Mostré cómo funcionaba una monarquía compuesta, un término que los historiadores también comienzan a emplear ahora sobre Gran Bretaña”.
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