jueves, 28 de marzo de 2013
Calderon de La barca y El Gran Teatro del Mundo
El Gran Teatro del Mundo. “Para mí es muy importante el juego
escénico de los actores que van a interpretar a personajes que son
arquetipos, símbolos, que de alguna manera representan a la vasta
humanidad y que no tienen otra vida más allá del personaje que les ha
sido designado. Es aquí donde Calderón avanza varios pasos sobre otras
propuestas semejantes. Sus personajes representan al pobre, al rico, al
labrador, al rey, a la hermosura, a la pobreza, a la discreción y al
niño, y que aún siendo creados para ser cada uno lo que es, se rebelan
cuando el papel que les ha correspondido no es lo que esperaban, o por
el contrario, se felicitan por la elección. Estamos ya en la rebelión de
los actores contra el autor, en este caso la cosa trasciende y el autor
es El Autor Soberano. Yo he intentado llevar algo más lejos esa
rebelión”, señala el novel director, quien ha contado con su hijo
Antonio Saura como director artístico. Saura hijo apunta que el director
en este montaje opta por una desideologización de la obra, para
recuperar la esencia del texto: “Un debate sobre el destino del hombre y
su relación con un Dios, o un Autor, dominante, caprichoso y exigente. Y
la pugna de esos hombres por encontrar su propio camino en la vida, y
en la Obra. Una adaptación que traslada a las dudas del espectador del
Siglo XXI sobre la relación del hombre con el poder, con el destino y la
vida, lo que se escribió como una representación de la realidad social y
religiosa del Siglo de Oro español”.
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martes, 26 de marzo de 2013
Muñoz Molina para historiadores
Reseñas de libros/No ficción
Muñoz Molina para historiadores
Muñoz Molina para historiadores
Por Javier Moreno Luzón, lunes, 29 de noviembre de 2004
Es
éste un libro raro, poco corriente, difícil de etiquetar. Un
historiador, en tanto que historiador, analiza la obra de un novelista
con el fin de extraer de ella enseñanzas para su propio oficio. Las
relaciones entre historia y literatura han sido, de antiguo, bastante
complicadas y a menudo conflictivas.
En
realidad, los historiadores llevan alrededor de dos siglos tratando de
alejarse de los literatos y defendiendo el carácter riguroso y académico
–a veces incluso científico—de su disciplina. Porque al historiador, se
dice, le está vedado inventar: cualquiera de los datos que
sustentan sus argumentos ha de estar firmemente vinculado a la realidad
pretérita a través de las fuentes disponibles, es decir, puede ser
comprobado por quien quiera tomarse la molestia de hacerlo. Para eso
están las notas a pie de página, anclajes necesarios de cualquier texto
historiográfico respetable. Todo profesional de la historia tiene
nociones sobre crítica y clasificación de las fuentes, algo irrelevante
para un novelista. Porque éste no ha de atenerse a semejantes
convenciones para realizar su trabajo, puede navegar con libertad por
los mundos que quiera –y pueda—imaginar, sólo depende de su talento. Uno
y otro hacen, pues, cosas distintas.Leia mais aqui
e aqui
Una pasión dickensiana
Tópicos sobre Charles Dickens: niños pasando hambre, barro en las calles
londinenses, prostitutas, mecenas con corazones de oro, jóvenes
idealistas, miseria social y económica, clímax sentimentaloides... “Y
todos ciertos”, confirma Mike Newell
(St. Albans, Hertfordshire, Inglaterra, 1942). “Te añado uno más: era
un escritor muy popular, que como publicaba en entregas sus novelas
atendía a las reacciones del público. Y lo sigue siendo: el lenguaje de Dickens
es más reconocible por un británico que el de Shakespeare. Cualquier
inglés sabe instantáneamente que está leyendo un texto suyo”.
(...)
“Dickens escribía para todos, cualquiera puede verse reflejado en alguno de sus personajes, ya que él no los marcaba con severos juicios morales. Por eso, hay versiones en la pantalla de sus obras por cada generación”. Newell recuerda cómo siendo estudiante se especializó en Dickens “como un fan arrebatado”. Y cómo esta pasión no le ha ayudado en la adaptación de Grandes esperanzas. “Es un libro muy extenso y cada vez que recortaba capítulos y personajes me dolía en el alma. Escogí este libro porque su protagonista, Pip, es un chaval humilde, idealista, pero no exactamente un buen tipo: hace cosas horribles. Y es la penúltima gran novela de Dickens, la última grande. Se miró a sí mismo, se retrató en Pip y se expuso ante sus lectores como si dijera: ‘Miradme, yo también procedía de la nada. Trabajé en una fábrica con 12 años, cuando mi padre estuvo en prisión, y he llegado hasta aquí’. Fascinante”.
Toda esta autoexposición pública ocurrió antes del 9 de junio de 1865, el día del accidente ferroviario de Staplehurst, cuando siete vagones de un tren cayeron desde un puente en reparación. Solo se salvó un vagón de primera clase, en el que viajaba Dickens... con la actriz Ellen Ternan, que era su amante, y la madre de esta. “Estaba separado de su esposa, que cuidaba a sus hijos \[tuvieron 10\]. Aún no existía el divorcio. Así que Dickens ayudó a los heridos, recogió el manuscrito inconcluso de Nuestro amigo mutuo y desapareció por el que dirán. Lo sabemos porque su hija Kate escribió un libro sobre ella, su padre y los amores paternos. Kate murió en 1929, y años antes recibió la visita de George Bernard Shaw, que quería escribir sobre Dickens. Ella solo le pidió que no le retratara con una sonrisa de oreja a oreja, como un caballero amable y con la espada de la justicia en una mano... Porque no era así”.
(...)
Porque en una serie de televisión tienes muy poco tiempo para enganchar a la gente, volverla loca y con ansias de más. Dickens escribía solo tres capítulos por delante de lo que se publicaba: es decir, él funda el esquema del culebrón. Todo lo contrario de, por ejemplo, Dostoievski: el ruso escribe en largo, sin clímax; Dickens encadena un clímax y otro y otro. Por eso es el gran contador de historias y el gran artista de la literatura inglesa”.
Fonte El Pais
(...)
“Dickens escribía para todos, cualquiera puede verse reflejado en alguno de sus personajes, ya que él no los marcaba con severos juicios morales. Por eso, hay versiones en la pantalla de sus obras por cada generación”. Newell recuerda cómo siendo estudiante se especializó en Dickens “como un fan arrebatado”. Y cómo esta pasión no le ha ayudado en la adaptación de Grandes esperanzas. “Es un libro muy extenso y cada vez que recortaba capítulos y personajes me dolía en el alma. Escogí este libro porque su protagonista, Pip, es un chaval humilde, idealista, pero no exactamente un buen tipo: hace cosas horribles. Y es la penúltima gran novela de Dickens, la última grande. Se miró a sí mismo, se retrató en Pip y se expuso ante sus lectores como si dijera: ‘Miradme, yo también procedía de la nada. Trabajé en una fábrica con 12 años, cuando mi padre estuvo en prisión, y he llegado hasta aquí’. Fascinante”.
Toda esta autoexposición pública ocurrió antes del 9 de junio de 1865, el día del accidente ferroviario de Staplehurst, cuando siete vagones de un tren cayeron desde un puente en reparación. Solo se salvó un vagón de primera clase, en el que viajaba Dickens... con la actriz Ellen Ternan, que era su amante, y la madre de esta. “Estaba separado de su esposa, que cuidaba a sus hijos \[tuvieron 10\]. Aún no existía el divorcio. Así que Dickens ayudó a los heridos, recogió el manuscrito inconcluso de Nuestro amigo mutuo y desapareció por el que dirán. Lo sabemos porque su hija Kate escribió un libro sobre ella, su padre y los amores paternos. Kate murió en 1929, y años antes recibió la visita de George Bernard Shaw, que quería escribir sobre Dickens. Ella solo le pidió que no le retratara con una sonrisa de oreja a oreja, como un caballero amable y con la espada de la justicia en una mano... Porque no era así”.
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Porque en una serie de televisión tienes muy poco tiempo para enganchar a la gente, volverla loca y con ansias de más. Dickens escribía solo tres capítulos por delante de lo que se publicaba: es decir, él funda el esquema del culebrón. Todo lo contrario de, por ejemplo, Dostoievski: el ruso escribe en largo, sin clímax; Dickens encadena un clímax y otro y otro. Por eso es el gran contador de historias y el gran artista de la literatura inglesa”.
Fonte El Pais
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